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 DOMINIO VS SOMETIMIENTO: LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO *

Recibido el 21 de setiembre de 2007

 Síntesis para trabajar en clase

Lic Sonia Cesio**

 

Jessica Benjamin trata de comprender cómo se desarrolla en el ser humano la dominación y su contrario, el sometimiento. Considera que la dominación y el sometimiento forman parte de un sistema de ida y vuelta que involucra tanto a los que ejercen el poder,  como a los que se someten a él. Investigó sobre cuáles son las motivaciones psicológicas que llevan a aceptar la opresión, la humillación y el servilismo, descubriendo un proceso complejo del desarrollo psíquico y con posibilidades de cambiarlo,  si se aborda desde su dinámica más profunda.

 

Cuestiona la forma masculina de la autoridad,  poniendo en marcha  un nuevo enfoque para captar la tensión entre el deseo de ser libre y el de no serlo.

Nos dice que el sometimiento se origina en la transformación de la relación entre el sujeto y el otro. Dominación y sumisión resultan de una ruptura de la tensión necesaria entre la autoafirmación y el mutuo reconocimiento: una tensión que permite que el sujeto y el otro se encuentren como iguales soberanos.

La afirmación de uno mismo y el conocimiento del otro constituyen los polos de un delicado equilibrio difícil de mantener. El reconocimiento hallado es la respuesta del otro que hace significativos los sentimientos, intenciones y las acciones del sujeto: le permite que ejerza su capacidad de ser agente de sus propias acciones en el mundo, de un modo tangible.

 

En la zona de encuentro entre madre e hijo,  se construye el vínculo entre ambos por parte de la madre. En esa temprana interacción, la madre ya puede identificar los primeros signos de reconocimiento mutuo. El placer de reconocer la existencia del otro tiene que incluir tanto la conexión con él, como el reconocimiento de su existencia en tanto ser independiente.

La intersubjetividad describe las capacidades proporcionadas por la interacción entre el sujeto y sus semejantes. El elemento crucial que se explora es la representación de si mismo y el otro como seres distintos, pero interrelacionados.

 

A medida que la vida evoluciona, la afirmación y el reconocimiento pasan a ser motivaciones importantes en el diálogo entre el si mismo y el otro, con sus conflictos y dificultades. Recordemos el pasaje de la libido del yo (cuando el sujeto se centra en si mismo) a la libido objetal: donde aparece el reconocimiento del otro, como fuente de satisfacción y en funcion de establecer múltiples intercambios.

Esta idea de reconocimiento mutuo es crucial para la visión intersubjetiva; implica que tenemos que reconocer al otro como una persona separada, semejante a nosotros pero distinta. Esto significa que el niño tiene también la necesidad de ver a la madre como un sujeto independiente (de si mismo). A su vez, la madre sólo puede proveer este reconocimiento si posee en si misma, una identidad independiente. Esto es una meta evolutiva tan importante como la separación.

 

La mutualidad es una tensión esencial. El estudio de la interacción lúdica temprana revela que el principal medio que tiene el bebé para regular sus propios sentimientos, su estado de ánimo interno, consiste en actuar sobre ese partenaire tan esencial que es su madre (o el sustituto de ella). Necesita la experiencia integrativa de que su acción reestructura con éxito al mundo: cuando la interacción entre la madre y el bebé es exitosa, el niño puede sentir que el mundo es proclive a responder y que él es eficaz, y avanza progresivamente hacia ese mundo que le permitirá desplegar su propio desarrollo personal.

 En ésta, que es la más temprana de las interacciones sociales, vemos de qué modo la búsqueda de reconocimiento puede convertirse en una lucha de poder, o de qué modo la afirmación se convierte en agresión. El fracaso de la mutualidad temprana parece promover la formación del límite defensivo entre lo interno y lo externo.

 

La paradoja del reconocimiento

 

El si mismo del sujeto sólo puede ser reconocido por sus actos; sólo si sus actos tienen un significado para otro, tienen significado para él. En esos momentos tan primarios de la vida, esta dialéctica van estructurando su narcicismo (equivalente al si mismo).

La mutualidad implica que el concepto de reconocimiento es un problema para el sujeto, cuya meta es sólo estar seguro de sí mismo. Cada persona necesita demostrar la certidumbre de sí misma,  en la lucha sostenida que todos enfrentamos con el otro. Esta lucha,  muchas veces culmina en la relación del amo y del esclavo, cuando uno se rinde y el otro se impone. Hegel ve el origen de la dominación en este desenlace, donde se diluyó el reconocimiento mutuo.

 

La necesidad de reconocimiento supone esta paradoja: en el momento mismo de comprender nuestra independencia, dependemos de que otro la reconozca. Igualmente, cuando comprendemos que mentes separadas pueden compartir el mismo estado, también advertimos que esas mentes pueden disentir.

 

El proceso que llamamos diferenciación,  opera a través del movimiento de reconocimiento. La naturaleza de este movimiento es necesariamente contradictoria. Sólo profundizando en la comprensión de esta paradoja podemos ampliar el cuadro del desarrollo humano para que incluya, además de la separación, el encuentro de las mentes.

 

Para Winnicott, el reconocimiento del otro se logra a través de un proceso paradójico, en el que el objeto tiene que ser destruido dentro de nosotros para que sepamos que ha sobrevivido fuera; así podemos reconocerlo como no sometido a nuestro control. El reconocimiento mutuo no puede lograrse por medio de la obediencia, de la identificación con el poder de la madre o de la represión. Requiere el contacto con el otro (con otros significativos, además de la madre).

El significado de la destrucción simbólica implica que el sujeto pueda comprometerse en una confrontación, y experimentar que esa colisión no es nociva para el otro ni para él mismo; que no provoca ni abandono ni retaliación, que es un devenir de la vida que se repetirá en innumerables ocasiones.

 

Cuando Winniccot habla del “ambiente sostenedor”, y “ambiente facilitador”, trata de definir las zonas en las que el niño puede desarrollar sus capacidades innatas porque el ambiente que lo rodea facilita su crecimiento (a quienes a su vez, se supone deseosos de que ese niño se tranforme en un sujeto capaz de desarrollar multiplicidad de posiblidades).

La activación de las capacidades innatas es un proceso evolutivo que presupone la presencia de dos sujetos interactuantes, cada uno de los cuales contribuye con su parte.

En el curso de la diferenciación, el proceso de reconocimiento puede descarriarse (fallar), y entonces el si mismo recurre a afirmar la omnipotencia propia o del otro (como defensa). Esta fractura en el reconocimiento propio es el punto inicial para entender el fenómeno del dominio.

 

La  intersubjetividad abarca la relación entre el si mismo y el otro, con su tensión entre la igualdad y la diferencia, como un continuo intercambio de influencias. Cuando el conflicto entre dependencia e independencia se vuelve demasiado intenso, la psique humana renuncia a la paradoja en función de una opción. La polaridad, el conflicto entre los opuestos, reemplaza el equilibrio interno y en los términos de un alejamiento otorga la dependencia (niega la individualidad) y por tanto, monta las bases para la dominación.

 

En el sometimiento voluntario al dominio erótico (las fantasías y relaciones sadomasoquistas ) vemos la paradoja en la que el individuo trata de liberarse por medio de la esclavitud.

La dominación comienza con el intento de negar la dependencia. Nadie puede sustraerse verdaderamente a su dependencia respecto de otros, y a la necesidad de reconocimiento. Esa paradoja inicial consiste en que el niño no sólo necesita lograr independencia, sino que debe ser reconocido como independiente por las mismas personas de las cuales depende.

 

Ese reconocimiento mutuo es quizás el punto más vulnerable del proceso de diferenciación. Si el otro me niega su reconocimiento, mis actos no tienen ningún significado; si el otro está tan por encima de mi que nada que yo pueda hacer modificará su actitud conmigo, sólo cabe que me someta. Mi deseo y mi ser como agente activo de mis actos no encuentran salida, salvo en forma de obediencia. Podíamos llamar a esto la dialéctica del control: si controlo totalmente al otro, el otro deja de existir (en tanto subjetividad autónoma) y si el otro me controla totalmente, soy yo quien deja de existir. La verdadera independencia supone mantener esa tensión esencial de estos impulsos contradictorios: tanto afirmarse a si mismo, como reconocer al otro (sin que uno predomine sobre el otro). El dominio es consecuencia de la imposibilidad de sostener esta condición.

 

La relación de dominación es asimétrica, puede invertirse pero nunca convertirse en una relación recíproca o igualitaria. Entonces, el sometimiento se convierte en la forma única del reconocimiento. La afirmación de un individuo (el que manda) se transforma en dominio cuando el reconocimiento del otro (el que depende) se convierte en sometimiento. De modo que la tensión de fuerzas básicas de la interioridad  del sujeto, pasa a ser una dinámica entre individuos.

 

La relación de dominación se nutre en el mismo deseo de reconocimiento que encontramos en el amor; y el placer está en el dominio.

El poder visto como protector constituye el aspecto más importante de la autoridad. Es lo que inspira confianza y transforma la violencia en una oportunidad de sometimiento voluntario.

En las relaciones laborales podemos encontrar un paralelo en el que la complementariedad reemplaza a la reciprocidad. El dominio presupone a un sujeto atrapado en su omnipotencia, incapaz de establecer un contacto “vivo” con la realidad externa, y de experimentar la subjetividad de la otra persona como una instancia con posibilidad de confrontar. En la dominación encontramos que la complementariedad ha eclipsado la mutualidad.

 

¿Por qué el sadismo y el masoquismo se han asociado con lo masculino y lo femenino? La estructura profunda de complementariedad sigue existiendo, a pesar de la mayor flexibilidad de los roles sexuales contemporáneos. Para comprender los orígenes del dominio masculino y el sometimiento femenino debemos analizar cómo ha sido el proceso de diferenciación para cada género.

La persona que se ocupa de los primeros cuidados de los bebés suele ser mayoritariamente la madre. Los niños se identifican en un primer momento con la madre, pero para poder constituirse como varones deben desarmar esta identificación y definirse como el sexo diferente: eso da cuenta de una particular subjetividad, ya que ponen el énfasis en la independencia.

Esta necesidad de diferenciarse de la madre,  sumada generalmente a la identificacion con un padre dominante, despliega un proceso por el cual empieza a ser vista como algo distinto de sí: con otra naturaleza, o como un instrumento, o como un objeto.

Al modificar la dependencia con respecto a ella con este carácter violento, el varón corre el peligro de perder su capacidad para el reconocimiento mutuo. Puede aceptar que el otro está separado, pero sin la vivencia empática. Si se relaciona con ella como si fuera un objeto, posteriormente esa modalidad relacional reemplazará el intercambio afectivo con el otro.

 

Las niñas no tienen que romper la identificación con la madre, lo cual constituye sin embargo una desventaja pues carecen de motivo alguno para desidentificarse de ella. La mujer no pone el énfasis en la independencia, sino en la fusión y la continuidad a expensas de su individualidad y de su  independencia. Todo ello proporciona un terreno fértil para el sometimiento. La sumisión muy frecuentemente está motivada por el miedo a la separación y el abandono.

Esto explica la tendencia al sometimiento femenino, ésa es la marca de su subjetividad. Las mujeres, al igual que los hombres, son por “naturaleza” sociales: lo que está en cuestión es la represión de su sociabilidad.

 

Diferencias de género: el varón  lucha por su libertad con respecto a la mujer que le engendró, con toda la violencia de un segundo alumbramiento, y alli comienzan las fantasías de omnipotencia y de exclusividad. Esa lucha por la autonomía se da en el ámbito del cuerpo y sus placeres. El impulso identificador de ser como el padre va unido a la lucha por la libertad. El “amor identificatorio”, el “ser como”, es el principal medio para que un niño de esta edad pueda reconocer la subjetividad de otra persona.

Cuando este proceso esta fallido, genera consecuencias complicadas.

 

Tenemos que reconocer (aunque este concepto genere controversias) que incluso hoy en día la feminidad sigue identificándose con la pasividad.

La mujer no expresa tanto su deseo, como su placer por ser deseada. Su poder no reside en su pasión, sino en ser deseable. Si una mujer no tiene ningún deseo propio, tiene que basarse en el deseo de un hombre con consecuencias desastrosas para su vida psíquica.

 

Esta autora interpreta la envidia al pene masculino como un esfuerzo por identificarse con el padre y asi poder diferenciarse de la madre. Y expresa que el trabajo de la individuación no tiene por qué ser sólo una expresión de hostilidad respecto de la dependencia, también expresa el amor del mundo. Pero que predomine el amor o la hostilidad, depende de las circunstancias que rodeen al niño/a.

 

El conflicto entre la autoafirmación y la angustia de separación generan una ambivalencia esencial. El varón quiere algo más que la simple satisfacción de una necesidad, quiere que se reconozca su voluntad, su deseo, su acto; y alli empieza a comprender también la diferencia entre los géneros.

 

Las niñas tienen menos entusiasmo exploratorio que los varones (segun M Malher).

Esta diferencia se debe a la mayor identificación de la madre y a la tendencia de ésta a reforzar la independencia del hijo varón. Entonces en su angustia por separase de la madre, buscan una figura de apego que represente su pasaje al exterior: esa figura es el padre. Este, en relación con su hija está  complicado respecto del acercamiento porque revive su propio alejamiento infantil, y se repliega (inconcientemente).

La aspiración de la niña a la independencia produce rabia por el no reconocimiento, y se vuelven hacia adentro. Al crecer, la mujer  idealiza al hombre que tiene lo que ella supone que nunca tendrá (poder, deseo).

En la actualidad, se empieza a comprender las consecuencias que tiene para la niña el que el padre no se comprometa en la relación, que esté ausente u ofrezca seducción en lugar de identificación.

En estos momentos se considera que el sujeto integra los aspectos masculinos y femeninos en la mismidad (Freud describio a este concepto como la ‘bisexualidad’). Una persona capaz de mantener esta flexibilidad, puede aceptar todas las partes de ella misma y del semejante; tiene amplias posibilidades de salir airoso en la confrontación con el otro reconociéndolo como un par, defendiendo su posición subjetiva en tanto pueda  aceptarla como válida.

 

 

*Conceptualización perteneciente a Jessica Benjamin, profesora asociada de psicología clínica en el Programa de Posdoctorado en Psicoterapia y Psicoanálisis de la Universidad de Nueva York. Pertenece al cuerpo docente de la Nueva Escuela de Investigación Social y ejerce la práctica privada. Es autora de  “Los lazos del Amor. Psicoanalisis, feminismo y el problema de la dominación” ; de “Sujetos iguales, objetos de amor - Ensayos sobre el reconocimiento y la diferencia sexual” (Paidós);  y de numerosos artículos.

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