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LOS MODOS DE LA CONSTITUCIÓN SEXUAL MASCULINA:

AVATARES Y DESTINOS DE UNA IDENTIDAD EN TRÁNSITO (1)

Recibido el 2 de diciembre de 2008

 

Facundo Blestcher (2)

 

La teoría psicoanalítica ha aportado conceptualizaciones fecundas que no pueden ser soslayadas para pensar la constitución de la sexualidad pulsional en los primeros tiempos de la vida, como así también las condiciones de su ordenamiento y recomposición posterior, tanto en los avatares de la conformación de la identidad como en los traumatismos que pueden someterla a procesos de de-construcción.

 

Sin embargo, sus teorizaciones sólo han sido retomadas parcialmente en lo que atañe a la comprensión de la masculinidad y a la complejidad de los factores que operan sobre ella. Conocemos el modo en que se desprende una cierta teorización de la masculinidad en la obra de Freud (3), y que luego se reprodujera en los desarrollos posteriores sin una revisión suficiente. Aquí también, como en otras disciplinas, hemos heredado el supuesto del "dado por sentado" (4). Así, hemos entendido y sostenido de un modo canónico que la sexualidad masculina responde a una evolución natural, lineal y sin obstáculos, en la medida en que el varón conserva la zona y el objeto de la sexualidad infantil y que la interdicción paterna en el interior del complejo de Edipo abre a la elección de objeto heterosexual por renuncia a la madre. De este modo, múltiples avatares de la constitución de la masculinidad quedaron suturados precozmente a una serie de fórmulas explicativas que reunían en un mismo agrupamiento a los trastornos de género en la infancia, a la elección homoerótica de objeto, e incluso a la presencia de angustias homosexuales en pacientes heterosexuales (atribuibles a la presencia de fantasmas femeninos que pueden reconducirse a la "bisexualidad constitutiva" o a la "homosexualidad inconciente").

 

Una parte de los aportes tendientes a una reconceptualización de esta cuestión ha provenido de los estudios de género. Estas investigaciones han puesto el acento en los modos histórico-sociales de representación de la feminidad y masculinidad, desvinculándolos de la presunta dependencia de la biología, y con ello han generado nuevas posibilidades de abordaje y comprensión. No obstante, en la medida en que la sexualidad, concebida como plus de placer no reductible a la auto conservación, no se limita a los dos rubros de la sexuación como ordenamiento masculino-femenino, ni a la genitalidad articulada por la diferencia de los sexos, sus aportaciones tienen que ser adecuadamente articuladas.

 

La construcción de la masculinidad implica el entrecruzamiento de aspectos pulsionales e identitarios, como así también representaciones sociales y relaciones de poder que las subtienden. Esta diversidad de factores obliga a diferenciar entre condiciones de producción de subjetividad y procesos de constitución psíquica. Los procesos de constitución psíquica dan cuenta de los elementos permanentes del funcionamiento psíquico que trascienden los modelos sociales e históricos, pudiendo ser cercados en el campo conceptual de pertenencia. La producción de subjetividad, por su parte, implica todos aquellos aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en términos de determinaciones que corresponden a lo histórico-social instituido instituyente. Indudablemente las representaciones de género corresponden a los procesos de producción subjetiva y pueden estar sometidas a transformaciones.

 

Actualmente puede observarse, tanto en las modalidades ideológicas de la cultura como en los discursos que circulan en los análisis y en las consultas de muchos pacientes, una serie de modificaciones en las representaciones de género y en el modo como éstas inciden –en algunas ocasiones de modo traumático- ocasionando malestar en los varones. Ciertas representaciones que han sido dominantes en el modelo patriarcal han entrado en fractura y esto determina la aparición de síntomas específicos de subjetividad masculina: vulnerabilidad creciente, incertidumbre, angustia y desorientación en torno al reposicionamiento en los roles, procesos de des-identificación con los ideales y enunciados constitutivos del yo y de la estima de sí mismo. Dado que emergen una multiplicidad de "identidades masculinas " sin un único perfil -como era dominante hasta el momento- puede pensarse que estamos ante un contexto histórico-social en transición, respecto del que resulta relevante poder distinguir los aspectos permanentes de la constitución psíquica, de aquellos otros que se hallan sometidos a modificaciones cuyo impacto en el sujeto es claramente discernible.

 

Así, muchas de las angustias registrables como razón de análisis o como problemática en el desarrollo de los tratamientos de varones, corresponden a la presencia de "fantasías homosexuales". Dichos fantasmas se recortan como causas de intenso padecimiento psíquico, y corresponde comprenderlos en el entrecruzamiento complejo de los cambios en las condiciones sociales -y los ideales que comportan- que desarticulan enunciados sobre los cuales la masculinidad se ha construido, como también en términos de una cierta paradoja de la constitución de la sexualidad masculina misma, y que puede ser definida –siguiendo a Silvia Bleichmar- como una búsqueda frustra de apropiación de la masculinidad a partir de la introyección de un atributo genital de otro hombre.

 

En lo que concierne al género, la irrupción de nuevos perfiles para la masculinidad ha venido a deconstruir los discursos dominantes y sus estereotipos fundamentales: el movimiento hacia la exterioridad, la provisión familiar y la inserción activa en el mundo del trabajo, el poder, la productividad, la conquista. Las representaciones sociales, como pre-significaciones, organizan modos de emplazamiento del sujeto respecto de sí mismo. Los varones actuales, desposeídos de los emblemas antaño sostenidos, desocupados, destituidos de su función de proveedor omnipotente, sostenidos por identidades precarias, ven tambalear el amor de sí y en algunas circunstancias entran en colapso narcisista, lo cual pone en jaque la masculinidad (y no es inhabitual escuchar expresiones que recogen la impresión de ser "poco hombres", de "dudar de su hombría", de quedar "sometido a otros" incluso, paradójicamente, a otros hombres en el mercado laboral, etc).

 

Si a esta consideración acerca del género la complementamos con aquella que comporta pensar la identificación sexuada masculina, la comprensión de dichos fantasmas homosexuales adquiere otra significación y favorece una interpretación que brinda mejores condiciones para el abordaje clínico. La identificación al padre sexuado, que gobierna los modos de acceso y ejercicio de la genitalidad en la elección de objeto, se instituye por la introyección fantasmática del pene paterno, es decir, por la incorporación anal de un objeto privilegiado que somete al varón a un atravesamiento paradójicamente femenino.

 

En este sentido, la presencia de fantasías "homosexuales" (pasivas, femeninas) puede ser concebida –a partir de una gran variedad de situaciones clínicas- como una búsqueda frustra de apropiación de la masculinidad a partir de la introyección de un atributo genital de otro hombre. La búsqueda de un significante fálico paterno se establece, de esta manera, sobre modos erógenos ya existentes, efectos residuales de la seducción y de las vicisitudes de la sexualidad infantil.

 

La constitución paradójica misma de la sexualidad masculina, entendida en estas dimensiones que articulan sexo y género, viene a poner de relieve lo que diversos estudios antropológicos han señalado en torno a que la virilidad –no reductible a la simple masculinidad anatómica- es una conquista que se adquiere, que no está dada naturalmente, y que una vez conseguida exige de un sostenimiento permanente, dado que el sujeto puede ser más o menos fácilmente destituido de la misma. En este sentido, mientras que la feminidad es una aportación biológica que la cultura refina o incrementa, la masculinidad atraviesa un umbral crítico que torna, en muchas culturas, la forma de pruebas no sólo de comprobación sino fundamentalmente de adquisición de la virilidad. Dichos rituales de masculinización recomponen ciertas modalidades de los fantasmas masculinos que recogen el ideal de "desfeminización" y "despasivización" con los que históricamente han quedado abrochados los enunciados identitarios propuestos a los varones en la sociedad patriarcal y falocéntrica.

 

Fantasmas de feminización que recomponen también en los varones los orígenes mismos de la sexualidad, caracterizada por una posición pasiva respecto del goce en la asimetría con el adulto, y por una dominancia de la madre en los modos de enlace al cuerpo del otro y de la identificación (que ha llevado a señalar que para ambos sexos la identificación inicial es de carácter femenino, y que el varón se ve compelido a un trabajo arduo de distanciamiento de dicha "proto feminidad").

 

En un segundo tiempo, la identificación al otro masculino quedará cernida por la paradoja de ocupar un lugar pasivo que le permita apropiarse de los atributos que habiliten el acceso a una posición sexuada efectivamente masculina. Por lo cual, las fantasías que quedan inauguradas por estas vicisitudes conviene pensarlas como los efectos residuales de la constitución masculina misma, y no como polarizaciones deseantes femeninas u homosexuales sólo por la significación que les atribuya el yo en su captura por las legalidades de la lógica binaria y de la diferencia sexual.

 

COMENTARIOS CLINICOS

 

En virtud de lo señalado, la posición sexual masculina obliga a retrabajar no solamente sus condiciones de ordenamiento y atribución sexuada que corresponden a la identidad, y por tanto al yo en sus formas de cualificación de las mociones deseantes, sino especialmente las polarizaciones pulsionales, erógenas y fantasmáticas, que determinan sus posibles destinos y vicisitudes, ya que "entre la biología y el género, el psicoanálisis ha introducido la sexualidad en sus dos formas: pulsional y de objeto, que no se reducen ni a la biología ni a los modos dominante de representación social, sino que son precisamente, los que hacen entrar en conflicto los enunciados atributivos con los cuales se pretende una regulación siempre ineficiente, siempre al límite " 5.

 

Notas

 

1 Este trabajo ha sido premiado en las VII Jornadas de Actualización del Foro de Psicoanálisis y Género. Buenos Aires, Noviembre de 2004

 

2 Licenciado en Psicología (Usal). Psicoanalista. Docente universitario. Miembro fundador de la Sociedad Psicoanalítica de Paraná. Arenales 1987 8ºA –Capital Federal facundoblestcher@hotmail.com 

 

3Pueden revisarse los artículos "La organización genital infantil" (1923), "El sepultamiento del complejo de Edipo" (1924), "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos" (1925). También: "La sexualidad femenina" (1931), "La femineidad" (1933) y "Análisis terminable e interminable" (1937).

 

4 Cf. Gilmore, D.D.: "Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad". Barcelona: Paidós, 1994.

 

5 Silvia Bleichmar: "La identidad sexual: entre la sexualidad, el sexo, el género". Revista de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados. Nº 25. Buenos Aires, 1999: 41.

 

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