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Metamorfosis de la Pubertad – S. Freud

Recibido el 10 de mayo de 2008

(Tres Ensayos para un teoria sexual – Punto 3)

 

Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la vida sexual infantil a su conformación normal definitiva. La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente autoerótica; ahora halla al objeto sexual. Hasta ese momento, actuaba partiendo de pulsiones y zonas erógenas singulares que, independientemente unas de otras, buscaban cierto placer en calidad de única meta sexual. Ahora es dada una nueva meta sexual; para alcanzarla, todas las pulsiones parciales cooperan, al par que las zonas erógenas se subordinan al primado de la zona genital. Puesto que la nueva meta sexual asigna a los dos sexos funciones muy diferentes, su desarrollo sexual se separa mucho en lo sucesivo. El deI hombre es el más consecuente, y también el más accesible a nuestra comprensión, mientras que en mujer se presenta hasta una suerte de involución. La normalidad de la vida sexual es garantizada únicamente por la exacta coincidencia de las dos corrientes dirigidas al objetoy a la metra sexuales: la tierna y la sensual. La primera de ellas reúne en sí lo que resta del temprano florecimiento infantil de la sexualidad. Es como la perforación de un túnel desde su dos extremos.

 

La nueva meta sexual consiste para el varón en la descarga de productos  genésicos. En modo alguno es ajena a la anterior, al logro de placer; más bien, a este acto final del proceso sexual va unido el monto máximo de placer. La pulsión sexual se poner ahora al servicio de la función de reproducción; se vuelve, por así decir, altruista. Para que esta trasmudación se logre con éxito, es preciso contar con las disposiciones originarias y todas las peculiaridades de las pulsiones. Como en todos los otros casos en que deben producirse en el organismo nuevos  enlaces y nuevas composiciones en mecanismos complejos , también aquí pueden sobrevenir perturbaciones patológicas por interrupción de esos reordenamientos. Todas las perturbaciones patológicas de la vida sexual han de considerarse, con buen derecho, como inhibiciones desarrollo.

 

(1)     El primado de las zonas genitales el placer previo

 

Vemos con toda claridad el punto de partida y la meta final del curso de desarrollo que acabamos de describir. Las transiciones mediadoras nos resultan todavía oscuras en muchos aspectos; tendremos que dejar subsistir en ellas más de un enigma.

Se ha escogido como lo esencial de los procesos de la pubertad lo más llamativo que ellos presentan: el crecimiento manifiesto de los genitales externos, que durante el período de latencia de la niñez había mostrado una relativa inhibición. Al mismo tiempo, el desarrollo de los genitales internos ha avanzado hasta el punto de poder ofrecer productos genésicos, o bien recibirlos, para la gestación de un nuevo ser. Así ha quedado listo un aparato en extremo complicado, que aguarda el momento en que habrá de utilizárselo. Este aparato debe ser puesto en marcha mediante estímulos; en relación con ello, la observación nos enseña que los estímulos pueden alcanzarlo por tres caminos: desde el mundo exterior, por excitación de las zonas erógenas que ya sabemos; desde el interior del organismo, siguiendo vías que aún hay que investigar;  y desde la vida anímica, que a su vez constituye un repositorio de impresiones externas y un receptor de excitaciones internas. Por los tres caminos se pro­sea lo mismo: un estado que se define como de “excitación sexual”; y se da a conocer por dos clases de signos, anímicos y somáticos. El signo anímico consiste en un peculiar sentimiento de tensión, de carácter en extremo esforzante; entre Ios múltiples signos corporales se sitúa en primer término una serie de alteraciones en los genitales, que tienen un sentido indubitable: la preparación, el apronte para el acto sexual. (La erección del miembro masculino, la humectación de la vagina.)

la tensión sexual. El estado de excitación sexual presenta pues, el carácter de una tensión; con esto se enhebra un problema cuya solución es tan difícil cuanto sería importante para comprender los problemas sexuales. A pesar de la diferencia de opiniones que reina sobre este punto en la psi­cología, debo sostener que un sentimiento de tensión tiene que conllevar el carácter del displacer. Para mí lo decisivo es que un sentimiento de esa clase entraña el esfuerzo a alterar la situación psíquica: opera pulsionalmente, lo cual es por completo extraño a la naturaleza del placer sentido. Pero si la tensión del estado de excitación sexual se computa entre los sentimientos de displacer, se tropieza con el hecho de que es experimentada inequívocamente como placentera. Siem­pre la tensión producida por los procesos sexuales va acom­pañada de placer; aun en las alteraciones preparatorias de los genitales puede reconocerse una suerte de sentimiento de satisfacción. Ahora bien, ¿cómo condicen entre sí esta tensión displacentera y este sentimiento de placer?

Todo lo concerniente al problema del placer y el displacer toca uno de los puntos más espinosos de la psicología actual. Procuraremos aprender lo posible a partir de las condiciones del caso que nos ocupa, y evitar el abordaje más ceñido del problema en su totalidad.

Echemos primero un vistazo al modo en que las zonas erógenas se insertan en el nuevo orden. Sobre ellas recae un importante papel en la introducción de la excitación sexual. El ojo, que es quizá lo más alejado del objeto sexual, puede ser estimulado  casi siempre, en la situación de corte­jo del objeto, por aquella particular cualidad de la excitación cuyo suscitador en el objeto sexual llamamos «belleza». De ahí que se llame «encantos» a las excelencias del obje­to sexual. Con esta excitación se conecta ya, por una parte, un placer; por la otra, tiene como consecuencia aumentar el estado de excitación sexual, o provocarlo cuando todavía fal­ta. Si viene a sumarse la excitación de otra zona erógena, por ejemplo la de la mano que toca, el efecto es el mismo: una sensación de placer que pronto se refuerza con el que provie­ne de las alteraciones preparatorias [de los genitales], por un lado y, por el otro, un aumento de la tensión sexual que pronto se convierte en el más nítido displacer si no se le per­mite procurarse un placer ulterior. Quizá más trasparente aún es este otro caso: el de una persona no excitada sexual-mente a quien se le estimula una zona erógena por contacto, como la piel del pecho en una mujer. Este contacto provoca ya un sentimiento de placer, pero al mismo tiempo es apto, como ninguna otra cosa, para despertar la excitación sexual que reclama mas placer. ¿De qué modo el placer sentido despierta  la necesidad de un placer mayor? He ahí, justamente, el problema.

 

 

MECANISMO DEL PLACER PREVIO.

Ahora bien, el papel que en este proceso cumplen las zonas erógenas es claro. Lo que vale  para una  vale para todas. En su conjunto se aplican para brindar, mediante su adecuada estimulación, un cierto monto de placer; de este arranca el incremento de la tensión, la cual, a  su vez, tiene que ofrecer la energía motriz necesaria para llevar a su término el acto sexual. La penúltima pieza de este acto es, de nuevo, la estimulación apropiada de una zona erógena (la zona genital misma en el glans penis) por el objeto mas apto para ello, la mucosa de la vagina; y bajo el placer que esta excitación procura, se gana, esta vez por vía reflejo, la energía motriz requerida para la expulsión de las sustancias genésicas. Este placer último es el máximo por su intensidad, y diferente de los anteriores por su mecanismo. Es provocado enteramente por la descarga, es en su totalidad un placer de satisfacción, y con él se elimina temporariamente la tensión de la libido.

No me parece injustificado fijar mediante un nombre esta diferencia de naturaleza entre el placer provocado por la excitación  de zonas erógenas y el producido por el vaciamiento de las sustancias sexuales. El primero puede designarse convenientemente como placer previo, por oposición al placer  final o placer de satisfacción de la actividad sexual. El placer previo es, entonces, lo mismo que ya podía ofrecer, aunque en escala reducida, la pulsión sexual infantil; el placer final es nuevo, y por tanto probablemente depende de condiciones que solo se instalan con la pubertad. La fórmula para la nueva funcion de las zonas erógenas sería: son empleadas para posibilitar, por medio del placer previo que ellas ganan como en la vida infantil, la producción del placer de satisfacción mayor.

Hace poco pude elucidar otro ejemplo, tomado de un ámbito del acaecer anímico enteramente distinto, en que de igual modo se alcanza un efecto de placer mayor en virtud de una sensación placentera menor, que opera así como una prima de incentivación. También se presentó ahí la oportunidad de abordar más de cerca la naturaleza del placer.

 

- Véase mi estudio El chiste y su relación con lo inconciente, aparecido en 1905 [AE, 8, págs. 131-2]. El «placer previo» obtenido por la técnica del chiste se emplea para liberar un placer mayor por la cancelación de inhibiciones interiores. [En un ensayo posterior dedicado a la creación literaria (1908e), Freud atribuyó un mecanismo similar al placer estético.]

 

PELIGROS DEL PLACER PREVIO.

Ahora bien, el nexo del placer previo con la vida sexual infantil se acredita por el papel patógeno que puede corresponderle. Del mecanismo en que , es incluido el placer previo deriva, evidentemente, un peligro para el logro de la meta sexual normal: ese peligro se presenta cuando, en cualquier punto de los procesos sexuales preparatorios, el placer previo demuestra ser demasiado grande, y demasiado escasa su contribución a la tensión. Falta entonces la fuerza pulsional para que el proceso sexual siga adelante; todo el camino se abrevia, y la acción preparatoria correspondiente remplaza a la meta sexual normal. La experiencia nos dice que este perjuicio tiene por condición que la zona erógena respectiva, o la pulsión parcial correspondiente, haya contribuido a la ganancia de placer en medida inhabitual ya en la vida infantil. Y si todavía se suman factores que coadyuvan a la fijación, fácilmente se engendra una compulsión refractaria a que este determinado placer previo se integre en una nueva trama en la vida posterior. De esta clase es, en efecto, el mecanismo de muchas perversiones, que consisten en una demora en actos preparatorios del proceso sexual.

El malogro de la función del mecanismo sexual por culpa del placer previo se evita, sobre todo, cuando ya en la vida infantil se prefigura de algún modo el primado de las zonas genitales. Los dispositivos para ello parecen estar realmente presentes en la segunda mitad de la niñez (desde los ocho años hasta la pubertad). En esos años, las zonas genitales se comportan ya de manera similar a la época de la madurez; pasan a ser la sede de sensaciones de excitación y alteraciones preparatorias cuando se siente alguna clase de placer por la satisfacción de otras zonas erógenas; este efecto, no obstante, sigue careciendo de fin, vale decir, en nada contribuye a la prosecución del proceso sexual. Por eso ya en la niñez se engendra, junto al placer de satisfacción, cierto monto de tensión sexual, si bien menos constante y no tan vasto. Y ahora comprendemos la razón por la cual, cuando elucidábamos las fuentes de la sexualidad, pudimos decir con igual derecho que el proceso respectivo provocaba una satisfacción sexual o bien una excitación sexual. [Cf. pág. 183.] Ahora notamos que, en nuestro camino cognoscitivo, al comienzo concebimos exageradamente grandes las diferencias entre la vida sexual infantil y la madura; enmendemos, pues, lo anterior. Las exteriorizaciones infantiles de la sexualidad no marcan solamente el destino de las desviaciones respecto de la vida sexual normal, sino el de su conformación normal.

 

(2) El problema de la excitación sexual

Nos han quedado enteramente sin esclarecer tanto el origen como la naturaleza de la tensión sexual que, a raíz de la satisfacción de zonas erógenas, se engendra al mismo tiempo que el placer. La conjetura más obvia, a saber, que esta tensión resulta de algún modo del placer mismo, no sólo es en sí muy improbable; queda invalidada por el hecho de que el placer máximo,

el unido a la expulsión de los productos genésicos, no produce tensión alguna; al contrario, suprime toda tensión. Por tanto, placer y tensión sexual sólo pueden estar relacionados de manera indirecta.

 

papel de las sustancias sexuales. Además del hecho de que normalmente sólo la descarga de las sustancias sexuales pone fin a la excitación sexual, tenemos todavía otros asideros para vincular la tensión sexual con los productos sexuales. Cuando se lleva una vida continente, el aparato genésico suele descargarse de sus materiales por las noches en períodos variables, pero no carentes de toda regla. Ello ocurre con a sensación de placer y en el curso de la alucinación onírica de un acto sexual. En vista de este proceso —la polución nocturna— parece difícil dejar de entender la tensión sexual, que  sabe hallar el atajo alucinatorio en sustitución del acto, como una función de la acumulación de semen en el reservorio para los productos genésicos. En el mismo sentido hablan las experiencias que se hacen sobre el agotamiento del mecanismo sexual. Cuando la reserva de semen está vacía, no sólo es imposible la ejecución del acto sexual; fracasa tam­bién la estimulabilidad de las zonas erógenas, cuya excitación por más que sea la apropiada, ya no es capaz de provocar placer alguno. Al pasar, nos enteramos de que cierta medida de tensión sexual es indispensable hasta para la excitabilidad de tales zonas.

Asi nos vemos llevados a una hipótesis que, si no ando equivocado, está bastante difundida: la acumulación de los materiales sexuales crea y sostiene a la tensión sexual; ello debe tal vez a que la presión de estos productos sobre la pared de sus receptáculos tiene por efecto estimular un centro espinal; el estado de este es percibido por un centro superior, engendrándose así para la conciencia la conocida sensación de tensión

 

Si la excitación de zonas erógenas aumenta la tensión sexual, ello sólo puede deberse a que tienen una prefigurada conexión anatómica con esos centros, elevan el tono mismo de la excitación y, cuando la tensión es suficiente, ponen en marcha el acto sexual, pero cuando no lo es incitan la producción de las sustancias genésicas.

Los puntos débiles de esta doctrina, que encontramos, por ejemplo, en la exposición que hace Krafft-Ebing de los pro­cesos sexuales, residen en lo siguiente: creada para explicar la actividad genésica del hombre maduro, toma poco en cuen­ta tres situaciones cuyo esclarecimiento debería brindar al mismo tiempo. Son las situaciones de los niños, de las muje­res y de los varones castrados. En ninguno de esos tres casos puede hablarse de una acumulación de productos genésicos en el mismo sentido que en el hombre, lo cual estorba la apli­cación sin tropiezos del esquema; empero, debe admitirse sin más que sería posible hallar ciertos expedientes a fin de su­bordinarle también estos casos. De cualquier modo, queda en pie la advertencia de que no debemos atribuir a la acumu­lación de productos genésicos operaciones de las que no pa­rece capaz.

 

apreciación de las partes sexuales internas. Las obser­vaciones de varones castrados parecen corroborar que la excitación sexual es, en grado notable, independiente de la producción de sustancias genésicas. Si bien la regla es que la operación menoscabe su libido, y ese es el motivo por el cual se la practicó, en ocasiones ello no sucede. Por otro lado, hace mucho se sabe que enfermedades que aniquilaron la produc­ción de las células genésicas masculinas dejaron intactas la libido y la potencia del individuo ahora estéril. Por eso en modo alguno es tan asombroso como lo supone C. Rieger [1900] que la pérdida de las glándulas genésicas masculinas en la madurez pueda no tener mayor influencia sobre la con­ducta anímica del individuo. Es cierto que la castración practicada a una tierna edad, antes de la pubertad, se aproxima por su efecto a la meta de suprimir los caracteres sexuales; pero en tal caso, además de la pérdida de las glándulas genésicas mismas, también podría ser que entrara en cuenta la inhibición del desarrollo de otros factores, vinculada con esa pérdida.

 

TEORIA  QUÍMICA. Experiencias hechas con la extirpación de glandulas genésicas (testículos y ovarios) en animales,  y la implantación alternativa de tales órganos en vertebrados, han arrojado por fin una luz parcial sobre el origen de excitación sexual y empujado a un plano todavía más secundario la supuesta importancia de una acumulación de los productos celulares genésicos. Se ha hecho posible el experimento  de mudar un macho en una hembra y, a inversa, una hembra en un macho, en cuyo proceso la conducta psicosexual del animal varía de acuerdo con los caracteres genésicos somáticos y juntamente con ellos. Ahora bien esta influencia determinante en lo sexual no debe atribuirse a la contribución de las glándulas genésicas que producen células específicas (espermatozoides y óvulo), sino a sus tejidos intersticiales, que los autores han destacado por eso con  el nombre de «glándulas de la pubertad». Es muy posible que ulteriores indagaciones revelen que las glándulas de la pubertad tienen normalmente una disposición andrógina, lo cual daría un fundamento anatómico a la doctrina de la bisexualidad de los animales superiores. Y desde luego es probable que no sean el único órgano que participa en la excitación y en los caracteres sexuales. Comoquiera que fuese, este nuevo descubrimiento biológico viene a sumarse a lo que ya hemos averiguado acerca del papel de la tiroides en la sexualidad.  Estamos autorizados a pensar que en el sector intersticial de las glándulas genésicas se producen ciertas sustancias químicas que, recogidas por el flujo sanguíneo, cargan de tensión sexual a determinados sectores del sistema nervioso central. En el caso de sustancias venenosas introducidas en el cuerpo desde fuera, ya conocemos una transposición de esa clase, de un estímulo tóxico en un particular estímulo de órgano. En cuanto al modo en que la excitación sexual se genera por estimulación de zonas erógenas, previa carga del aparato central, y a las combinaciones entre efectos de estímulos puramente tóxicos y fisiológicos, que se producen  a raíz de estos procesos sexuales, tales problemas sólo pueden tratarse por vía de hipótesis y no es este el lugar para ocuparnos de ellos. Bástenos establecer, como lo esencial de esta concepción de los procesos sexuales, la hipótesis de que existen sustancias particulares que provienen del metabolismo sexual. En efecto, esta tesis, en apariencia arbitraria, viene sustentada por una intelección poco tenida en cuenta, pero digna de la mayor atención. Las neurosis que admiten ser reconducidas a perturbaciones de la vida sexual muestran la máxima semejanza clínica con los fenómenos de la intoxicación y la abstinencia a raíz del consumo habitual de sustancias tóxicas productoras de placer (alcaloides).

 

(3) La teoría de la libido

 

Las representaciones auxiliares que nos hemos formado con miras a dominar las exteriorizaciones psíquicas de la vida sexual se corresponden muy bien con las anteriores conjeturas acerca de la base química de la excitación sexual. Hemos establecido el concepto de la libido como una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas, que podría medir procesos y trasposiciones en el ámbito de la excitación sexual. Con relación a su particular origen, la diferenciamos de la energía que ha de suponerse en la base de los procesos anímicos en general, y le conferimos así un carácter también  cualitativo. Al separar la energía libidinosa de otras clases de energía psíquica, damos expresión a la premisa de que los procesos sexuales del organismo se diferencian de los procesos de la nutrición por un quimismo particular. El análisis de las perversiones y psiconeurosis nos ha permitido inteligir que esta excitación sexual no es brindada sólo por las partes llamadas genésicas, sino por todos los órganos del cuerpo. Así llegamos a la representación de un quantum de libido a cuya subrogación psíquica llamamos libido yoica; la producción de esta, su aumento o su disminución, su distribución y su desplazamiento, están destinados a ofrecernos la posibilidad de explicar los fenómenos psicosexuales observados. Ahora bien, esta libido yoica sólo se vuelve cómodamente accesible al estudio analítico cuando ha encontrado empleo psíquico en la investidura de objetos sexuales, vale decir, cuando se ha convertido en libido de objeto. La vemos concentrarse en objetos, fijarse a ellos o bien abandonarlos, pasar de unos a otros y, a partir de estas posiciones, guiar el   quehacer sexual del individuo, el cual lleva a la satisfacción, sea, a la extinción parcial y temporaria de la libido. El psicoanálisis de las denominadas neurosis de trasferencia (histeria y neurosis obsesiva) nos proporciona una visión cierta esto.

Además, podemos conocer, en cuanto a los destinos de la libido de objeto, que es quitada de los objetos, se mantiene fluctuante en particulares estados de tensión y, por último, recogida en el interior del yo, con lo cual se convierte de nuevo en libido yoica. A esta última, por oposición a la libido de objeto, la llamamos también libido narcisista. Desde el psicoanálisis atisbamos, como por encima de una barrera que no nos está permitido franquear, en el interior de la fábrica de la libido narcisista; así nos formamos una representación acerca de la relación entre ambas. La libido narcisista o libido yoica se nos aparece como el gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse; y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado originario realizado en la primera infancia, que es sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se conserva en el fondo tras ellos.

Una teoría de la libido en el campo de las perturbaciones neuróticas y psicóticas tendría como tarea expresar todos los fenómenos observados y los procesos descubiertos en los términos de la economía libidinal. Es fácil colegir que los destinos de la libido yoica poseen con relación a ello la mayor importancia, en particular cuando se trata de explicar las perturbaciones psicóticas más profundas. La dificultad reside, entonces, en el hecho de que el medio de nuestra indagación, el psicoanálisis, por ahora sólo nos ha proporcionado noticia cierta sobre las mudanzas de la libido de objeto, pero no pudo separar claramente la libido yoica de las otras energías que operan en el interior del yo. Por eso, una prosecución de la teoría de la libido sólo es posible, provisionalmente, por vía especulativa. No obstante, se renuncia a todo lo ganado hasta ahora gracias a la observación psicoanalítica cuando, siguiendo a C. G. Jung, se disuelve el concepto de la libido haciéndolo coincidir con el de una fuerza pulsional psíquica en general.

La separación entre las mociones pulsionales sexuales y las otras, y por consiguiente la restricción del concepto de libido a las primeras, encuentra un fuerte apoyo en la hipótesis, ya considerada aquí, de un quimismo particular de la función sexual.

 

4.~ Diferenciación entre el hombre y la mujer

 

Como se sabe, sólo con la pubertad se establece la separación tajante entre el carácter masculino y el femenino, una posición que después influye de manera más decisiva que cualquier otra sobre la trama vital de los seres humanos. Es cierto que ya en la niñez son reconocibles disposiciones masculinas y femeninas; el desarrollo de las inhibiciones de la sexualidad (vergüenza, asco, compasión) se cumple en la niña pequeña antes y con menores resistencias que en el varón;  en general, parece mayor en ella la inclinación a la represión sexual; toda vez que se insinúan claramente pulsiones parciales de la sexualidad, adoptan de preferencia la forma pasiva. Pero la activación autoerótica de las zonas erógenas es la misma en ambos sexos, y esta similitud suprime en la niñez la posibilidad de una diferencia entre los sexos con la que se establece después de la pubertad. Con respecto a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbatorias, podría formularse esta tesis: La sexualidad de la niña pequeña tiene un carácter enteramente masculino. Más aún: si supiéramos dar un contenido más preciso a los conceptos de ‘masculino y ‘femenino’, podría defenderse también el aserto la libido es regularmente, y con arreglo a ley, de naturaleza masculina, ya se presente en el hombre o en la mujer, y prescindiendo de que su objeto sea el hombre o la mujer.

Desde que me he familiarizado con el punto de vista de la bisexualidad, considero que ella es el factor decisivo en este aspecto, y que sin tenerla en cuenta difícilmente se llegará a comprender las manifestaciones sexuales del hombre y la mujer como nos las ofrece la observación de los hechos.

 

ZONAS RECTORAS EN EL HOMBRE Y EN LA MUJER.

Aparte de lo anterior, sólo puedo agregar esto: en la niña la zona erógena rectora se sitúa sin duda en el clítoris, y es por tanto homóloga a la zona genital masculina, el glande. Todo lo que he podido averiguar mediante la experiencia acerca de la masturbación en las niñas pequeñas se refería al clítoris y no a las partes de los genitales externos que después adquieren relevancia para las funciones genésicas. Y aun pongo en duda que la influencia de la seducción pueda provocar en la niña otra cosa que una masturbación en el clítoris; lo contrario sería totalmente excepcional. Las descargas espontáneas del estado de excitación sexual, tan comunes justamente en la niña pequeña, se exteriorizan en contracciones del clítoris; y las frecuentes erecciones de este posibilitan a la niña juzgar con acierto acerca de las manifestaciones sexuales del varón,  aun sin ser instruida en ellas: sencillamente le trasfiere las sensaciones de sus propios procesos sexuales.

Si se quiere comprender el proceso por el cual la niña se hace mujer, es menester perseguir los ulteriores destinos de esta excitabilidad del clítoris. La pubertad, que en el varón trae aparejado aquel gran empuje de la libido, se caracteriza para la muchacha por una nueva oleada de represión, que afecta justamente a la sexualidad del clítoris. Es un sector de vida sexual masculina el que así cae bajo la represión. El refuerzo de las inhibiciones sexuales, creado por esta represión que sobreviene a la mujer en la pubertad, proporciona después un estímulo a la libido del hombre, que se ve forzada a intensificar sus operaciones; y junto con la altitud de su libido aumenta su sobrestimación sexual, que en su cabal medida sólo tiene valimiento para la mujer que se rehusa, que desmiente su sexualidad. Y más tarde, cuando por fin el acto sexual es permitido, el clítoris mismo es excitado, y sobre él recae el papel de retrasmitir esa excitación a las partes femeninas vecinas, tal como un haz de ramas resinosas puede emplearse para encender una leña de combustión más difícil.

 

A menudo se requiere cierto tiempo para que se realice esa trasferencia. Durante ese lapso la joven es anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la zona del clítoris se rehúsa a ceder su excitabilidad; una activación intensa en la niñez predispone a ello. Como es sabido, la anestesia de las mujeres no es a menudo sino aparente, local. Son anestésicas en la vagina, pero en modo alguno son inexcitables desde el clítoris o aun desde otras zonas. Y después, a estas ocasiones erógenas de la anestesia vienen a sumarse todavía las psíquicas, igualmente condicionadas por represión. Toda vez que logra trasferir la estimulabilidad erógena del clítoris a la vagina, la mujer ha mudado la zona rectora para práctica sexual posterior. En cambio, el hombre la conserva desde la infancia. En este cambio de la zona erógena rectora, así como en la oleada represiva de la pubertad que, así decir, elimina la virilidad infantil, residen las principales condiciones de la proclividad de la mujer a la neurosis, jarticular a la histeria. Estas condiciones se entraman entonces, y de la manera más íntima, con la naturaleza de la femineidad

 

(5) El hallazgo de objeto

 

Durante los procesos de la pubertad se afirma el primado de las zonas genitales, y en el varón, el ímpetu del miembro erecto remite imperiosamente a la nueva meta sexual: penetrar  en una cavidad del cuerpo que excite la zona genital.

Al mismo tiempo, desde el lado psíquico, se consuma el hallazgo de objeto, preparado desde la más temprana infancia. Cuando  la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente, autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la relación originaria. No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor.  El hallazgo (encuentro) de objeto es propiamente un reencuentro.

 

OBJETO SEXUAL DEL PERÍODO DE LACTANCIA.

 

Pero de estos vínculos sexuales, los primeros y los más importantes de todos, resta, aun luego de que la actividad sexual se divorció de la nutrición, una parte considerable, que ayuda a preparar la elección de objeto y, así, a restaurar la dicha perdida. A lo largo de todo el período de latencia, el niño aprende a amar a otras personas que remedian su desvalimiento y satisfacen sus necesidades. Lo hace siguiendo en todo el modelo de sus vínculos de lactante con la nodriza, y prosiguiéndolos. Tal vez no se quiera identificar con el amor sexual los sentimientos de ternura y el aprecio que el niño alienta hacia las personas que lo cuidan; pero yo opino que una indagación psicológica más precisa establecerá esa identidad por encima de cualquier duda. El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona —por regla general, la madre— dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho.

 La madre se horrorizaría, probablemente, si se le esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad. Juzga su proceder como un amor «puro», asexual, y aun evita con cuidado aportar a los genitales del niño más excitaciones que las indispensables para el cuidado del cuerpo. Pero ya sabemos que la pulsión sexual no es despertada sólo por excitación de la zona genital; lo que llamamos ternura infaliblemente ejercerá su efecto un día también sobre las zonas genitales.

 

Ahora bien: si la madre conociera mejor la gran importancia que tienen las pulsiones para toda la vida anímica, para todos los logros éticos y psíquicos, se ahorraría los autorrepro-ches incluso después de ese esclarecimiento. Cuando enseña al niño a amar, no hace sino cumplir su cometido; es que debe convertirse en un hombre íntegro, dotado de una enérgica necesidad sexual, y consumar en su vida todo aquello hacia lo cual la pulsión empuja a los seres humanos. Sin duda, un exceso de ternura de parte de los padres resultará dañino,  pues apresurará su maduración sexual; y también «malcriará» al niño, lo hará incapaz de renunciar temporariamente al amor en su vida posterior, o contentarse con un grado menor de este. Uno de los mejores preanuncios de la posterior neurosis es que el niño se muestre insaciable en su demanda de ternura a los padres; y, por otra parte, son casi siempre padres neuropáticos los que se inclinan a brindar una ternura desmedida, y contribuyen en grado notable con sus mimos a despertar la disposición del niño para contraer una neurosis. Por lo demás, este ejemplo nos hace ver que los padres neuróticos tienen caminos más directos que el de la herencia para trasferir su perturbación a sus hijos.

 

ANGUSTIA INFANTIL.

Los propios niños se comportan desde temprano como si su apego por las personas que los cuidan tuviera la naturaleza del amor sexual. La angustia de los niños no es originariamente nada más que la expresión de su añoranza de la persona amada; por eso responden a todo extraño con angustia; tienen miedo de la oscuridad porque en esta no se ve a la persona amada, y se dejan calmar si pueden tomarle la mano. Se sobrestima el efecto de todos los espantaniños y todos los horripilantes relatos de las niñeras cuando se los hace culpables de producir ese estado de angustia. Sólo los niños que tienden al estado de angustia recogen tales relatos, que en otros no harán mella; y al estado de angustia tienden únicamente niños de pulsión sexual hipertrófica, o prematuramente desarrollada, o suscitada por los mimos excesivos. En esto el niño se porta como el adulto: tan pronto como no puede satisfacer su libido, la muda en angustia; y a la inversa, el adulto, cuando se ha vuelto neurótico por una libido insatisfecha, se porta en su angustia como un niño: empezará a tener miedo apenas quede solo (vale decir, sin una persona de cuyo amor crea estar seguro) y a querer apaciguar su angustia con las medidas más pueriles.24

24 Debo el esclarecimiento acerca del origen de la angustia infantil a un varoncito de tres años a quien cierta vez oí rogar, desde la habi-

 

LA BARRERA DEL INCESTO.

 

Cuando la ternura que los padres vuelcan sobre el niño ha evitado despertarle la pulsión sexual prematuramente —vale decir, antes que estén dadas las condiciones corporales propias de la pubertad—, y despertársela con fuerza tal que la excitación anímica se abra paso de manera inequívoca hasta el sistema genital, aquella pulsión puede cumplir su cometido: conducir a este niño, llegado a la madurez, hasta la elección del objeto sexual. Por cierto, lo más inmediato para el niño sería escoger como objetos sexuales justamente a las personas a quienes desde su infancia ama, por así decir, con una libido amortiguada. Pero, en virtud del diferimiento de la maduración sexual se ha ganado tiempo para erigir, junto a otras inhibiciones sexuales, la barrera del incesto, y para implantar en él los preceptos morales que excluyen expresamente de la elección de objeto, por su calidad de parientes consanguíneos, a las personas amadas de la niñez. El respeto de esta barrera es sobre todo una exigencia cultural de la sociedad: tiene que impedir que la familia absorba unos intereses que le hacen falta para establecer unidades sociales superiores, y por eso todos los individuos, pero especialmente en los muchachos adolescentes, echa mano a todos los recursos para aflojar los lazos que mantienen con su familia, los únicos decisivos en la infancia.

 

Pero la elección de objeto se consuma primero en la [esfera de la) representación;  y es difícil que la vida sexual del joven  que madura pueda desplegarse en otro espacio de juego que el de las fantasías, o sea, representaciones no destinadas a ejecutarse.

 A raíz de estas fantasías vuelven a emerger en todos los hombres las inclinaciones infantiles, solo que ahora con un refuerzo somático. Y entre estas y la con la frecuencia de la ley, la mocion sexual del niño hacia sus progenitores, casi siempre ya diferenciada por la atraccion del sexo opuesto: la del varon hacia su madre, y la de la niña hacia su padre.

Contemporáneo al doblegamiento y la desestimacion de estas fantasias claramente incestuosas,se consuma uno de los logros psíquicos mas importantes, pero tambien mas dolorosos del periodo de la pubertad: el desasimiento respecto de la autoridad de los progenitores, el unico que crea oposicion , tan importante para  el progreso de la cultura, entre la nueva generacion y la antigua.

 

Un numero de individuos queda retrasado en cada una de las estaciones de esta v ia de desarrollo que todos deben recorrer. Asi hay personas que nunca superaron la autoridad de los padres y no les retiraron la ternura o la hicieron de manera parcial. Son casi siempre muchachas: de tal suerte para contento de su progenitores, conservan plenamente su amor infantil mucho más alla de la pubertad. Y resulta muy instructivo encontrarse con que a estas muchachas, en su posterior matrimonio, se les ha quebrantado la capacidad de ofrendar a sus esposos lo que es debido. Pasan a ser esposas frias y permanecen sexualmente anestésicas. Esto enseña que el amor a los padres, no sexual en apariencia, y el amor sexual se alimentan de las mismas fuentes. Vale decir: el primero corresponde solamente a una fijación infantil de la libido.

A medida que nos aproximamos a las perturbaciones mas profundas del desarrollo psicosexual, mas inequivocamente resalta la importancia de la eleccion incestuosa de objeto. En los psiconeuróticos una gran parte de la actividad psicosexual para el hallazgo de objeto, o toda ella, permanece en el inconciente.

Para las muchachas que tienen una exagerada necesidad de ternura, y un horror igualmente exagerado a los requerimientos reales de la vida sexual, pasa a ser una tentacion irresistible, por un lado, realizar en su vida el  ideal del amor asexual y por otro lado, ocultar su libido tras una ternura que pueden exteriorizar sin autoreproches, conservando a lo largo de toda su vida la inclinacion infantil, renovada en la pubertad,hacia los padres y los hermanos. El psicoanalisis puede demostrarles sin trabajo a estas personas que estan enamoradas, en el sentido corriente del término, de esos parientes consanguíneos suyos; lo hace pesquisando, con ayuda de los síntomas y otras manifestaciones patológicas, sus  pensamientos inconcientes, y traduciéndolos a pensamientos concientes. También en aquellos casos en que una persona, sana, enferma después de sufrir una experiencia de amor desdichada, se puede descubrir con certeza, como mecanismo de su enfermedad, la reversión de su libido a las personas predilectas de la niñez.

 

EFECTOS POSTERIORES DE LA ELECCIÓN INFANTIL DE OBJETO.

 

Ni siquiera quien ha evitado felizmente la fijación incestuosa de su libido  se sustrae por completo de su influencia. El hecho de que el primer enamoramiento serio del joven, como es tan frecuente, se dirija a una mujer madura y el de la muchacha a un hombre mayor, dotado de autoridad, es un claro eco de esta fase del desarrollo: pueden revivirles, en efecto, la imagen de la madre y del padre.

 Quizá la elección de objeto, en general se produce se produce mediante un apuntalamiento, más libre, estos modelos. El varón persigue, ante todo, la imagen

mnémica de la madre, tal como gobierna en él desde el principio de su infancia; y armoniza plenamente con ello que la madre,  aun viva, se revuelva contra esta renovación suya y le

demuestre hostilidad. Dada esta importancia de los vínculos infantiles con los padres para la posterior elección del objeto sexual, es fácil comprender que cualquier perturbación de ellos  haga madurar las más serias consecuencias para la vida sexual adulta; ni siquiera los celos del amante carecen de esa raiz  infantil o, al menos, de un refuerzo proveniente de infantil. Desavenencias entre los padres, su vida conyugal desdichada,  condicionan la más grave predisposición a un desarrollo sexual perturbado o a la contracción de una neurosis por parte de los hijos.

 

La inclinacion infantil hacia los padres es sin duda la más importante, pero no la única, de las sendas que, renovadas en la  pubertad, marcan después el camino a la elección de objeto. Otras semillas del mismo origen permiten al hombre, apuntalandose siempre su infancia, desarrollar más de una serie de sexual  y plasmar condiciones totalmente variadas para  la elección de objeto.

 

 

PREVENCIÓN DE LA INVERSIÓN.

 

Una de las tareas que plantea la elección de objeto consiste en no equivocar el sexo opuesto. Como es sabido, no se soluciona sin algún tanteo. Con harta frecuencia, las primeras mociones que sobrevienen tras la pubertad andan descaminadas (aunque ello no provoca un daño permanente). Dessoir [1894] hizo notar con acierto la ley que se trasparenta en las apasionadas amistades de los adolescentes, varones y niñas, por los de su mismo sexo. El gran poder que previene una inversión permanente del objeto sexual es, sin duda, la atracción recíproca de los caracteres sexuales opuestos; en el presente contexto no podemos dar explicación alguna acerca de estos últimos. Pero ese factor no basta por sí solo para excluir la inversión; vienen a agregarse toda una serie de factores coadyuvantes. Sobre todo, la inhibición autoritativa de la sociedad: donde la inversión no es considerada un crimen, puede verse que responde cabalmente a las inclinaciones sexuales de no pocos individuos. Además, en el caso del varón, cabe suponer que su recuerdo infantil de la ternura de la madre y de otras personas del sexo femenino de quienes dependía cuando niño contribuye enérgicamente a dirigir su elección hacia la mujer.

Y que, al mismo tiempo, el temprano amedrentamiento sexual que experimentó de parte de su padre, y su actitud de competencia hacia él, lo desvían de su propio sexo. Pero ambos factores valen también para la muchacha, cuya práctica sexual está bajo la particular tutela de la madre. El resultado es un vínculo hostil con su mismo sexo, que influye decisivamente para que la elección de objeto se haga en el sentido considerado normal. La educación de los varones por personas del sexo masculino  parece favorecer la homosexualidad; la frecuencia de la inversión en la nobleza de nuestros días se vuelve tal vez algo más comprensible si se repara en el empleo de servidumbre masculina, así como en la escasa atención personal que la madre prodiga a sus hijos. En muchos histéricos, la ausencia temprana de uno de los miembros de la pareja parental (por muerte, divorcio o enajenación recíproca), a raíz de la cual el miembro restante atrajo sobre si todo el amor del niño resulta ser la condicion que fija despues el sexo de la persona escogida como objeto sexual y de esta manera, posibilita una inversion permanente.

 

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