Asistencia psicológica on line

Asistencia psicológica presencial y on line

 

 

 

 

 
 
 
 

Configuraciones
Vinculares

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APUNTES PARA UNA DISCUSIÓN SOBRE CONFLICTOS DE CONTRATRANSFERENCIA, INSTITUCIONES Y HOMOSEXUALIDAD*

  Rodolfo Moguillansky, Guillermo Seiguer y Mónica Vorchheimer

Recibido el 12 de febrero de 2007

1 – INTRODUCCION

 

1.1) De las aspiraciones del método

Como parte de la comunidad psicoanalítica somos beneficiarios del método creado por  Freud (1912, 1913). En su seno se prescribe una relación en la que, al tiempo que quedan en suspenso las reglas habituales de la cortesía, se renuncia a calificar valorativa o moralmente lo que allí se piensa y se siente. Esto es tan así que, aunque se considere –como ocurre desde algunos marcos teóricos– que la vida mental transcurre dentro de un conflicto cincelado por valores morales, todos coincidiríamos en que el analista debiera aspirar a comprender desde una posición en la que estén proscritos lo personal de él y sus juicios de valor.

Sin embargo sabemos que este intento de despojarnos de nuestras “ecuaciones personales” a través del “aparato psicoanalítico” (A. Green, 1984), es sólo una aspiración a la cual en el mejor de los casos nos acercamos asintóticamente. Freud (1902) nos mostró con admirable honestidad cómo también él estaba preso de los ideales de la época cuando describió su “sordera” para oír lo que Dora decía más allá de sus prejuicios ideológicos.

Todos nosotros hemos leído cómo no toleraba la idea de que Dora tuviese deseos homosexuales; era, por cierto, parte de su ideología –y la del medio en que él se movía–, que una chica como su paciente sólo pudiera albergar sentimientos amorosos hacia los hombres.

Freud admitía que cada analista puede llegar sólo hasta donde se lo permiten sus propios complejos y resistencias. Por eso, aunque se ha establecido la necesidad del análisis para intentar liberarnos de nuestros puntos ciegos, también sabemos que tenemos que estar atentos al necesario incumplimiento en sostener nuestra aspiración de neutralidad, pues su detección nos permite registrar y estar abiertos a los “ruidos” de los conflictos que afectan la contratransferencia. Precisamente en esta dificultad en mantener nuestra neutralidad en la situación analítica tuvo históricamente lugar la teorización de la contratransferencia.

Mucho se ha escrito a partir de los años 50 en torno al complejo tema de la contratransferencia, en una línea que la elevó desde la categoría de Cenicienta a la de princesa, cuando no de reina. De obstáculo a instrumento, la contratransferencia –omás precisamente su uso como recurso técnico– ha tenido y tiene sus defensores y detractores1. Si bien es innegable que la mayor luz arrojada sobre este concepto permitió progresar en la comprensión de la complejidad del campo analítico, la contratransferencia -  El término “contratransferencia” –que ha sido introducido en “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica” (Freud, 1910) entendiéndolo como el resultado que la influencia del analizado tiene sobre la respuesta emocional del médico–, ha estado ausente de los desarrollos de la técnica hasta la segunda mitad del siglo. Por entonces, pasó a ser comprendida como un fenómeno ineludible. Racker (1948) adoptó la perspectiva de la identificación para comprenderla –concordancia y/o complementariedad– mientras en Europa P. Heimann (1950) hacía hincapié en los efectos sobre el analista de la identificación proyectiva del analizando. M. Kyrle (1956) avanza hacia la comprensión de la “contratransferencia normal” a la que teoriza como una doble identificación del analista, como objeto y como sujeto; describe además que el retardo en la comprensión puede explicarse como una perturbación emocional del analista puesta en marcha por el paciente. Otras puntualizaciones han puesto más el énfasis en la descripción de la contratransferencia por efecto de la movilización de resistencias del analista (Lacan, 1953-1954), afectando el curso de la atención flotante. Como vemos, un amplio espectro conceptual recubre una noción tan polisémica y polémica a la vez.

 

La contratransferencia permaneció siempre estudiada y entendida –tanto cuando se la consideraba como obstáculo, como cuando se le reconocía valor de instrumento– básicamente desde la sexualidad infantil de cada uno de los miembros de la pareja analítica.

En este trabajo quisiéramos poder contribuir al vasto campo de problemas al que nos invita la contratransferencia, en especial los conflictos de contratransferencia, desde un vértice que propone incluir la dimensión institucional como una fuente más que la nutre de significaciones inconscientes. Veamos a qué nos estamos refiriendo.

La integración de valores, como ideología, precipita en el “establishment” mental de cada sujeto; es parte de lo “institucionalizado de la mente” que se expresa no sólo en forma de ideales sino también reglando nuestros juicios. Muchos de ellos, como sobreentendidos, impregnan paradigmas no sólo sociales sino también científicos (Kuhn, 1962), dando lugar a sistemas clasificatorios que infiltran ideológicamente las teorías, lo que puede ser visto especialmente en nuestras taxonomías psicoanalíticas en donde suelen colarse “patrones de normalidad”.

El psicoanálisis, para dar cuenta de las aspiraciones del ideal y las prescripciones que i nstaura la ley, ha ido distinguiendo diferentes estructuras en nuestro aparato mental. Freud, en Introducción al narcisismo (1914) y en Psicología de las masas (1921), describió el “ideal del yo” resaltando que éste hereda la perfección del narcisismo primario que el yo ansía recuperar. El ideal junto con la censura y la autoobservación serán, después del Yo y el ello (1923), funciones que estarán incluidas en el superyo. Los autores franceses, a partir de una discriminación que le debemos a Daniel Lagache (1958), diferenciaron el yo ideal y el ideal del yo. El primero –para estos autores– será el responsable de las demandas desde un ideal de omnipotencia narcisista, que “implica una identificación primaria con otro ser, cargado con la omnipotencia, es decir la madre” (Ibid, pág. 43), que servirá de soporte a lo que Lagache llama identificaciones heroicas; el segundo, en cambio, estará ligado a la prohibición, que en su mejor rendimiento, tomará la forma del impersonal imperativo categórico, imperativo que los psicoanalistas postulamos implica la internalización de la interdicción del incesto. También afirmamos los psicoanalistas, ahora siguiéndolo a Freud (Tótem y tabú, 1913; Moisés y la religión monoteísta, 1938), que la “ley”, organizadora del orden social, encuentra su fundamento en dicha interdicción.

Las “ideologías”, sobre todo en el punto que rozan y dan “razón” al “narcisismo de las pequeñas diferencias” tienen fuerte relación con el ideal –en el sentido del yo ideal–. El método psicoanalítico que tendría que contener prescripciones (al modo de una ley, heredera de la interdicción del incesto), con frecuencia, al contrario de lo esperable, refleja aspiraciones del ideal. La indagación psicoanalítica de “opiniones” sólo reflejan tomas de posición.

Creemos que estas “opiniones”, que con frecuencia adoptan la forma de teorías personales implícitas, afectan muchas veces la “contratransferencia normal” y la infiltran de prejuicios que tiñen nuestro modo de aproximarnos a la clínica psicoanalítica.

 

1.2) Del incumplimiento de nuestras aspiraciones: Lo institucionalizado de la mente y las instituciones

 

Las pertenencias institucionales hacen a nuestra identidad como psicoanalistas. Por ello en este trabajo sugerimos que, a la ya clásica prescripción de que los analistas se analicen y supervisen, debiéramos agregar la de discutir las creencias institucionales en tanto determinan también nuestros modos de funcionamiento mental.

El agregado de la última prescripción encuentra su fundamento en que las relaciones entre lo institucionalizado de la mente y las instituciones que formamos son, naturalmente, muy estrechas y complejas. Freud (1921) mostró que nos agrupamos en torno a un ideal en común y, a la vez, cómo este tipo de constitución grupal constriñe nuestra singularidad. Al constituir una institución, ese “lugar” donde nos unimos por lo común y eliminamos lo diferente (Kaës, 1989), también nos constituye a nosotros.

Otras teorías (P. Aulagnier, 1975) dicen que es justamente desde la pertenencia a lo conjunto que se abrazan necesariamente los principios, los “enunciados de fundamento” que nos constituirán como sujetos.

En la constitución de toda institución existe el deseo de ser de determinada forma y de no ser de otra. Positividades y negatividades conforman la idiosincrasia de toda formación de lo conjunto, siendo incluso estas últimas, por su fuerza inconsciente, especialmente fuertes y constituyentes. Pero lo rechazado por lo conjunto3 –e insistimos acá que toda institución necesita dejar algo afuera– no desaparece y amenaza con su retorno.

Cada institución regula su funcionamiento desde diversos criterios. Se redactan entonces reglamentos, códigos de procedimiento, se instauran standards, etc., que intentan preservar y aplicar principios. Al intentar capturar en pautas los fundamentos, se trasvasan aspiraciones a un “deber ser” reglamentado, tarea en la que por supuesto fracasamos, pues parece siempre escaparse aquello que “debiera ser” por más que multipliquemos los reglamentos. Se pasa de una necesidad del método a una exigencia del ideal. Agreguemos que parte de lo que se escapa circula como otra dimensión de lo establecido (o de su contraparte, lo transgredido) como rumores, charlas de pasillo, o también de manera muda (J. Bleger, 1966), como leyes no escritas que están incrustadas en “el cuerpo de la institución”, que hacen al “ser” de la institución.

Todas estas caras del ideal a las que hacíamos referencia, las que se explicitan y las que circulan por fuera de lo escrito, sumadas o superpuestas a lo que queda secuestrado en lo que Kaës ha llamado “espacios basurero institucionales”, deben “escucharse” si se quiere comprender la relación entre nuestras instituciones y lo institucionalizado de nuestras mentes, ya que son productoras de “subjetividad”. Construyen una parte de laidentidad de cada uno de nosotros; fuerzan inconscientemente modos de pensar, dan lugar a ideas que producen un “sentido común” apoyado en los ideales institucionales, que no tienen más mérito que ratificar nuestra pertenencia. Es posible incluso que lo que más nos desvíe hacia producciones ideológico-científicas institucionales sea precisamente aquéllo que no forma parte de lo manifiestamente instituído pero que sin embargo tiene eficacia en la subjetividad de los miembros de la institución. Sugerimos además, como esperamos mostrar aquí, que esto puede activarse y hacerse presente en nuestras discusiones dentro de la institución, aún cuando éstas estén aparentemente centradas en contenidos clínicos.

 Kaës (1989) formula algunas hipótesis acerca del estatuto tópico de estos “espacios basureros”: “la existencia de estos espacios puede ser objeto de una represión y de una negación por acuerdo inconciente, pero lo que ellos contienen no admite este tratamiento; dicho de otro modo la represión recaería sobre el continente, el rechazo sobre el contenido” (pág. 144). A nuestro juicio no sólo desde los individuos se constituye y se instituye lo conjunto, sino que lo conjunto significa, sujeta los sujetos, produce subjetividad.  

1.3) Una consulta. Explorando una producción ideológica-científica institucional

 

La consulta a la que nos referiremos tuvo lugar en un servicio de asistencia psicoanalítica que tiene criterios y formas propias de procedimiento para su funcionamiento; ha establecido reglamentos y con ello ha creado un campo de lo “admisible” y lo “inadmisible”.

Tiene, por ejemplo, criterios que estipulan qué población puede admitirse para ser tratada. Estos criterios surgen desde diferentes vértices. Un primer vértice apunta a qué tipo de pacientes “puede” tratar este centro asistencial por su caracterización de psicoanalítico.

“Puede” depende de si este centro sólo hará psicoanálisis –con toda la ambigüedad que sabemos tiene esta prescripción– o si se admitirán pacientes que, aunque puedan ser abordados por psicoanalistas, no necesariamente lo sean con un encuadre psicoanalítico.

Este “puede”, nace de una comprensión psicoanalítica y oscila entre “criterios de analizabilidad” y “capacidad del analista de pensar psicoanalíticamente”. Otros vértices, en cambio, surgen de características o límites de la institución; por ejemplo, no se admiten pacientes que por su estado actual no podrían ser contenidos, ya sea porque necesitarían internación o una complejidad que no podría ser ofrecida desde consultorios privados; este grupo también está acotado a aquellas personas cuya atención, aunque pasible de ser brindada por los prestadores, entrañaría un riesgo legal para la institución madre de la cual depende.

No nos extenderemos sobre esto, pues no es relevante para lo que nos interesa discutir. Sólo intentábamos ejemplificar, sin ánimo de ser exhaustivos, la heterogeneidad de motivos que subyacen a los criterios seguidos para admitir o excluir. Tal vez no siempre seamos conscientes de que también, junto a ellos, subyacen otros criterios no escritos, determinados por valores e ideologías y no sólo por una comprensión psicoanalítica o límites institucionales.

Hasta aquí nuestra introducción. Todo lo anterior sólo sirve como preámbulo al episodio institucional que motivó esta presentación.

Un miembro del Servicio trajo para supervisar, en el seno de un equipo de trabajo, el material de una pareja a la que asistía, constituida por dos hombres. Se consignó entonces que, además de una indicación de la admisión, el que se los atendiera como pareja era algo que ellos mismos habían solicitado. Surgieron entonces prevenciones dentro del grupo de trabajo. Algunos, al discutir el caso, argüían dudas respecto a si dos personas del mismo género podían ser consideradas una pareja. Una línea argumental afín, consideró que tomarlos en tratamiento podía ser visto como legitimación de esa “unión”. Otros se preguntaban si todos los analistas se sentirían en condiciones de hacerse cargo de “un caso así”. Avanzada la discusión se planteó que habría alguna diferencia entre atender un caso de homosexualidad en un encuadre individual –para lo que parece haber ya suficiente jurisprudencia que justifica que sea abarcado por el psicoanálisis– y analizar una pareja de homosexuales con un encuadre vincular. Por último, recordamos que una corriente de “rumor jocoso” sugirió que si el resto de la institución se enterara de esta práctica el equipo sería mal considerado.

Este episodio fue el detonante de nuestro interés en explorar el basamento psicoanalítico de estas objeciones –de las que también por momentos participábamos– que tomaban en su enunciación la forma de criterios de analizabilidad, o de normas y dudas técnicas.

 

2- IDEOLOGIA Y SEXUALIDAD, LA HOMOSEXUALIDAD

“Deduzco de su carta que su hijo es homosexual. Me impresionó que ni siquiera mencione usted la palabra en el informe que me diera sobre el caso. ¿Puedo preguntarle por qué lo evita? El homosexualismo no es un privilegio, desde luego, pero tampoco es algo de lo que haya que avergonzarse, no es un vicio, no nada que envilezca y no podría ser considerado una enfermedad; nosotros lo vemos como una variación de la función sexual, provocada por una cierta detención en el desarrollo sexual.”

Carta de Freud a Mrs. N. N. del 9 de abril de 1935

(Correspondencia, Madrid, 1979)  

2.1) Teoría e ideología

Pese a los años transcurridos desde que Freud (1905) introdujo en “Tres ensayos...” una nueva concepción sobre la sexualidad, convengamos que todavía no nos hemos sacado de encima, en nuestras teorías y en nuestras discusiones, formulaciones preanalíticas

y/o altamente ideológicas sobre ella. Con frecuencia los debates clínicos y teóricos donde la sexualidad está en juego se ven infiltrados por tomas de posición superpuestas o confundidas con la comprensión derivada de las determinaciones inconscientes.

No tendría que extrañarnos esta “ideologización”, ya que la sociedad de la que somos parte (nuestra institución “mayor”), se ha visto sacudida durante todo este siglo por polémicas que han tenido al sexo entre sus cuestiones dilectas. Hemos asistido, sobre todo en la segunda mitad el siglo XX, a una “revolución sexual” que abarca tanto a las modalidades de relación que se tiene con, como a través de, la sexualidad. En paralelo, muchas producciones de nuestro campo intentan abordar nuevas formas de pensar el género y las diferencias sexuales.

Todavía debe precipitar cuánto de científico y cuánto de ideológico tienen estos intentos de nuevos paradigmas de pensamiento. Entre todos estos temas, la consideración de la homosexualidad es quizás uno de los ejemplos privilegiados de una discusión impregnada de valores ideológicos. Una muestra de ello es que la decisión de excluir la homosexualidad como una enfermedad del DSMIV, fuera tomada por votación y no como producto de una discusión “científica”. No es que esta discusión ideológica carezca de importancia, pero convengamos que, en tanto tal, es inicialmente excéntrica a los propósitos del psicoanálisis cuyo fin es dilucidar determinaciones inconscientes. Parece central, en cambio, recuperar “lo ideológico” como un significante social o institucional que nos determina, incluso como psicoanalistas.

El DSM IV, conserva un apartado para aquellos sujetos que no se sienten cómodos con su identidad sexual bajo el nombre “trastorno de la identidad sexual”, acotándolo a “la identificación acusada y persistente con el otro sexo” (pág. 251), no nombrándose en ningún momento la palabra homosexualidad. Queda implícito en esta descripción que la asunción “satisfactoria” de una preferencia sexual por el mismo sexo no merece un apartado en el DSM.

Quisiéramos en este escrito intentar un aporte a la reflexión psicoanalítica acerca de la influencia que tienen nuestras creencias personales (lo institucionalizado de la mente), institucionales (pertenencias) y teóricas, sobre nuestra manera de pensar y discutir la clínica, dando fundamento a una dimensión ideológica que afecta nuestras contratransferencias. Si lo logramos, habremos hecho también algún aporte sobre cómo la teoría puede constituirse en una “institución” más en nuestras mentes.  

2.2) Volviendo a Freud. “Otra institución”

Volver a Freud parece ser, a todas luces, una necesidad que tenemos como psicoanalistas. Parece anclar en el anhelo de reencontrar el peso de la palabra del fundador de nuestra “Institución Psicoanalítica”, de volver a la autoridad, al origen. Esta necesidad de retornar al origen o de conservar su sello como la marca de una identidad, caracteriza el modo habitual del funcionamiento de toda institución. Cada sujeto-miembro, en tanto portador de la misión de asegurar la continuidad generacional, debe hacer propio el mito de origen, quedar ligado de algún modo al ancestro fundador (Kaës 1989, pág. 160). Es probable que como portadores de la continuidad otorgada por sentirnos “descendientes” o “usuarios” de Freud, arrastremos –a sabiendas a veces y desconociéndolo otras– problemas no resueltos desde los orígenes mismos del psicoanálisis, que impregnan nuestros modos habituales de pensar.

Nos disculpará el lector entonces por nuestra multideterminada necesidad de “volver a Freud” y repasar brevemente algunos de los conocidos hallazgos iniciales –“nuestros orígenes”– sobre cómo el psicoanálisis piensa la sexualidad y la homosexualidad.

Como sabemos, en primer y revolucionario lugar, Freud propuso una versión ampliada de la noción de sexualidad, extendiéndola de tal modo que no es entendible nuestro pensar, sentir y actuar si no es en relación con ella. Recordemos que la sexualidad–después de los ensayos de 1905– fue descubierta como un resto inevitable que acompaña cualquier actividad humana. Apuntalándose en toda función fisiológica o intelectual surge un efecto marginal (nieberkund), un anhelo de repetir, un “deseo”, que Freud concebirá como esencial y constitutivo de la sexualidad humana. El deseo inconsciente, el deseo sexual inconsciente, piedra angular sobre la que se sostiene la teoría psicoanalítica –aunque resulte tan redundante decirlo en un trabajo psicoanalítico– no es un observable fenoménico, es una construcción teórica sobre una “realidad” inconsciente que, los psicoanalistas suponemos, determina nuestra conducta manifiesta.

Esta revolucionaria concepción, a la vez que ampliaba lo entendible como sexual, explicaba y disminuía la distancia con la “anormalidad” de conductas que hasta ese momento eran consideradas, o mejor dicho, valoradas, como “aberraciones” o “degeneraciones”, entre las que se destacaba la homosexualidad. Sin embargo, como los términos descriptivos se mantuvieron, convivieron desde entonces en nuestras caracterizaciones una teoría sobre la sexualidad que excede “lo manifiesto” y descripciones de conductas que no sólo no remiten al significado latente sino que continúan conllevando en sus términos rastros de teorías prepsicoanalíticas sobre la sexualidad. Autores como Meltzer (1978,1998) han señalado repetidamente esta dificultad, afirmando que muchas categorías que se refieren a conductas –como la homosexualidad– en tanto aluden a la práctica sexual y no a su significado, sólo tienen valor descriptivo –y, agreguemos nosotros, valorativo– pero que nos dicen poco respecto de una sexualidad mirada por el psicoanálisis.

Dentro de la concepción freudiana de la sexualidad tuvo un lugar central la pulsión. Tenerla en mente enseñó que el acceso a la sexualidad adulta se tramita por un largo camino en donde las “pulsiones parciales” se van subordinando (reprimiendo) para el logro del orgasmo genital. Luego, el interés de Freud por la sexualidad también recayó sobre el objeto, sobre todo a partir del descubrimiento del narcisismo y más tarde con “Duelo y melancolía”.

Por un lado advirtió que el mismo Yo (Freud, 1914) era un objeto sexual y se trató entonces de entender cómo iba concibiendo el Yo un objeto ajeno y deseado por él. La ajenidad del objeto importaba en tanto era deseado, y el deseo era testimonio de que poseía algo que el Yo no tenía y anhelaba tener. Se postuló una secuencia en la que el Yo, inicialmente indiferente ante lo que lo rodeaba, pasaba a concebir un objeto que en su primer registro era odiado, y que más tarde se configuraba como un objeto de amor.

Advirtamos que este objeto de amor es distinto del objeto de la pulsión; no es ya contingente, el Yo sufre si no está o si no se aviene a sus deseos.

  Un paso muy importante dentro de la constitución de este objeto ajeno era la admisión de diferencias sexuales que, a la luz de las teorías sexuales infantiles, eran descriptas desde la polaridad “fálico-castrado”. Esta polaridad era esencial para establecer

la interdicción del incesto, ya que se renunciaba a un objeto incestuoso por la amenaza de castración que acarreaba. El ingreso a la cultura y la formación del lazo social tenían a la castración como su precondición. En la pubertad, la diferencia fálicocastrado podía ser finalmente significada como masculinidadfemineidad, alcanzándose con ésta la mayor distinción Yo-otro.

En su definición, la genitalidad abarcaría finalmente todas estas líneas, caracterizándose resumidamente por la unificación de las pulsiones parciales bajo el primado de los genitales, dándose una elección o hallazgo de un objeto no incestuoso con reconocimiento de las diferencias sexuales. De este modo genitalidad y heterosexualidad pasarán a superponerse.

En paralelo, la homosexualidad se explicó, ya desde lo que describía a la perversión en su definición más amplia como “el negativo de la neurosis” tratándose entonces de una descarga de la pulsión parcial sin tope alguno, con el acento puesto en la ausencia de represión o, desde una descripción en donde se acentuaba la dimensión objetal, como una desviación respecto del objeto sexual. Sabemos que la teoría que sustentaba que la perversión surgía por ausencia de represión resultó insuficiente y que, luego de Leonardo y sobre todo de “Pegan a un niño”, fue abandonada.

A la par, la idea un tanto simplista que explicaba la homosexualidad fenoménicamente como “una desviación con respecto al objeto sexual” fue complejizada y reemplazada por una de mayor sutileza. Para comprender este cambio necesitamos recordar que Freud había descripto, en “Introducción al narcisismo”, dos tipos de objeto que estructurarían las diversas modalidades de la elección de objeto, las elecciones narcisistas y anaclíticas de Las formaciones patológicas que conllevan una no aceptación plena de la castración, como la perversión –y la homosexualidad entonces como tal–, estarían “por principio” impedidas de constituir un “lazo social” adecuado. ¿“Creemos” los psicoanalistas que los homosexuales pueden establecer vínculos de pareja adecuados? (Recordar la discusión en el Equipo Clínico).

Freud distinguió entre aquellas elecciones en las que el sujeto se toma a sí mismo como objeto o, como variantes, lo que fue o lo que quisiera ser (elecciones narcisistas) y otras que reconocen como antecedente al objeto nutricio (elecciones anaclíticas). Como paradigma de estas últimas describió en el mismo artículo a la cupla amante-amado cuyo modelo originario se encontraba en la relación complementaria madre-bebé; esto constituiría la base para la ulterior relación amorosa y heterosexual (al menos en el caso del varoncito). De estas consideraciones se desprendía que los homosexuales realizarían elecciones narcisistas de objeto. Así lo propuso Freud al examinar un recuerdo infantil de Da Vinci; sugería allí que Leonardo, identificado con la madre, elegía efebos que lo recordaban a él en su adolescencia.

Creemos que esta discriminación, si la miramos con algún detenimiento, no tiene bordes tan netos. Dijimos que el patrón que conduciría a la heterosexualidad tenía su origen en el reencuentro con el pecho nutricio y que, por lo tanto, albergaba en su seno alguna variante de lo complementario. En lo que sigue, argumentaremos que cualquier complementariedad encierra una fantasía narcisista, pero necesitamos que nos sigan en un breve recorrido que nos acerque a los vínculos –pues ese será nuestro material– para asentar nuestro razonamiento.

Es sabido que con alta regularidad, los vínculos sexuales de la adultez suelen iniciarse con una experiencia de enamoramiento, un estado de plenitud en el que los enamorados se sienten formando parte de lo mismo, tal como fue aludido por Platón en “El Banquete“ con la imagen del andrógino, imagen para la sexualidad a la que acude Freud en “Más allá del principio del placer”.

En ella parece consumarse la unión con la fantasía de reconstitución de un mítico andrógino, aquél que por división habría dado origen a lo masculino y a lo femenino. El vínculo constituido en el enamoramiento, entonces, es fusional, con pérdida de los bordes del Yo: un vínculo narcisista. Es habitual que subyazca al enamoramiento una fantasía de gemelaridad o de complementariedad.

La primera es nítidamente narcisista; la última, quizás la fantasía más frecuente en la consumación del enamoramiento, encuentra su fundamento en una lógica binaria que reduce la diferencia masculino-femenino a presencias y ausencias, indistinguible en su esencia de la establecida por la oposición fálicocastrado.

Para esta perspectiva, masculino es lo que le falta a lo femenino y viceversa, con lo que complementariamente hacen un todo. Así, la complementariedad contiene una fantasía de completamiento mutuo. Ya lo había sugerido Freud cuando describió que el objeto del que nos enamorábamos tenía los atributos de nuestro ideal del Yo. Este modo de distinguir lo masculino de lo femenino ha sido cuestionado por otra línea de pensamiento.

Laplanche (1973) ha descripto de modo muy claro que lo que separa lo masculino de lo femenino no es una diferencia binaria (del tipo 0-1); para dar cuenta de su distinción es necesaria una lógica más compleja. Masculino y femenino, para Laplanche, son mejor apreciados si se los piensa como diversos, es decir que no se corresponde un atributo masculino con la consecuente falta en lo femenino, o pari passu, la presencia en lo femenino no se acompaña de su ausencia en lo masculino.

Es cierto que el enamoramiento crea la ilusión de encuentro complementario –sólo posible, como dijimos, desde una masculinidad y femineidad definidas desde la lógica fálico-castrado, una lógica binaria–, pero ante la diversidad de lo masculino y lo femenino, esta ilusión fracasa. Este desencuentro, nos dice Freud (1920), introduce nuevas diferencias vitales que operan como un factor pulsionante y empuja al vínculo a nuevos desarrollos. Un sentimiento de desencuentro tal, que cuando es tolerado es evidencia de la diversidad, da condición de posibilidad a la concepción de alteridad en un vínculo. Resulta en una relación entre dos sujetos diversos, cada uno de los cuales es “opaco” ante el otro, por lo que es pasible sentir al otro como un sujeto “a conocer”.

Por cierto que este nivel de opacidad se pierde habitualmente en el permanente intento de reencontrar el enamoramiento perdido, sea a través de proyectos que lo realizarían idealmente en un futuro o a través del reproche que lo reclama. Estos intentos de reencuentro con el enamoramiento inicial, a poco andar, producen nuevos desencuentros, dejando como permanente tarea vincular, elaborar la diferencia –más precisamente la diversidad– o, para volver al tema del que partimos, concebir una hetero- (geneidad) entre ambos. Se desprende de nuestro razonamiento que en los vínculos heterosexuales entonces, aun en su mejor rendimiento, hay una alternancia entre vínculos fusionales y vínculos donde se concibe y tolera la alteridad. Es decir que homosexualidad y heterosexualidad, al menos desde esta perspectiva, no son universos radicalmente dispares o heterogéneos si de lo que se trata es de la consideración de una relación no fusional, no narcisista.

 

3. MATERIAL CLINICO

Ahora sí, como ya lo adelantamos, veremos un material clínico que nos ha resultado novedoso y que “ha puesto a trabajar” no sólo a nuestras ideas, sino también a nuestras opiniones y prejuicios.

En un intento por evitar perspectivas fenoménicas, genéricas y axiológicas, queremos discutir el tipo de vínculo que conforma esta pareja, constituida por dos hombres, independientemente de las prácticas sexuales que tienen y de la identidad degénero que afirman; el material clínico ha sido recogido en entrevistas vinculares.

Creemos que un material clínico como el que vamos a presentar da una buena base empírica para discutir y entender cuánto de hetero(geneidad)(sexualidad) y de homo(geneidad)(sexualidad) hay en esa relación. Partiremos de ciertas definiciones operacionales: decimos que un vínculo es homo(géneo)(sexual) si su tolerancia a lo ajeno, a lo excéntrico a sí mismo, es mínima para sus miembros (y esto excede las definiciones de género de los participantes de dicho vínculo); con hetero(géneo)(sexual) nos referiremos a estados mentales con capacidad de tolerar en un vínculo la opacidad del otro. En este sentido sugerimos que dentro de una pareja existen gradientes de lo homo(géneo)(sexual) y/o de lo hetero(géneo)(sexual). Esto nos llevaría a pensar que la heterosexualidad tampoco es homogénea, y así como podemos preferir hablar de distintos gradientes de homo(sexualidad) podríamos hablar de distintos gradientes de hetero(sexualidad) de acuerdo al tipo y grado de ajenidad contenible y tolerable.

Adelantamos una disculpa por la extensión del material que presentaremos. Además de nuestro interés queremos justificarlo con el argumento que, hasta donde nos fue posible rastrear.

Nuestra dificultad terminológica es notoria y esperamos que comprensible. Pretende reflejar nuestra aspiración de evitar que algunas definiciones apresuradas saturen nuestro pensamiento de sentidos ya conocidos y/o consensuados.

Hemos encontrado publicado material clínico de tratamientos psicoanalíticos de parejas de homosexuales, por lo que queremos ampliar la base empírica sobre la cual discutimos y ofrecer una mejor fuente de confrontación para nuestras formulaciones psicoanalíticas.

También son extensos nuestros comentarios; allí aduciríamos que no siendo la clínica vincular una práctica compartida entre todos los psicoanalistas, queremos explicitar –aún a riesgo de redundar– lo más adecuadamente posible nuestro pensamiento frente a la misma.

 

3.1 Una pareja solicita ser atendida por un analista sin prejuicios

L y R solicitaron atención en un Servicio de asistencia psicoanalítica. Fueron entrevistados por un admisor quien consignó que, además de pedir explícitamente un tratamiento de pareja, aclararon que querían un analista que no tuviera prejuicios, ya que la homosexualidad no era para ellos un tema que desearan tratar. Luego de la admisión transcurren dos semanas hasta que llaman solicitando una primera entrevista con la analista encargada de llevar adelante el tratamiento.

Como un prólogo a nuestros comentarios, queremos llamar la atención sobre dos elementos presentes en la entrevista de admisión que luego retomaremos: L y R querían ser tratados como una pareja y pedían ser atendidos por un analista sin prejuicios.

Comenzar a considerarlos requiere una aclaración inicial acerca de cómo escuchamos estos datos cuando no está indicado cuál es el sujeto que los enuncia. Cuando asistimos a pacientes con un encuadre vincular, entendemos que quien habla es un “portavoz” porque –aunque lo que diga sobre lo conjunto que constituyen no sea manifiestamente compartido por ambos– inevitablemente tendrá como referencia una realidad psíquica que incluye lo determinado por el vínculo que los abarca.

Presuponemos que estos dos sujetos, al sentirse parte de un vínculo, están significados por él, que esta pertenencia –al vínculo– es dadora de significaciones y es por tanto instituyente de la realidad psíquica en la que viven. Será nuestra tarea entonces analizar las características de la relación, qué los une y los separa, recorriendo un camino que, haciendo estación en las teorías que han construido, nos conducirá per via di levare no sólo a las determinaciones inconscientes de cada uno sino especialmente a aquéllas que son otorgadas por el vínculo. En este sentido, tanto pareja como analista sin prejuicios son significantes que analizaremos, sobre todo a través de su reactualización en la situación transferencial, para poner de manifiesto su significado inconsciente vincular.

 

3.2 ¿Qué vínculo?

En la primera entrevista la analista les pide que le cuenten entre los dos acerca de ellos.

En consonancia con lo anterior, la consigna de la analista tiene como premisa que las dos personas presentes en el consultorio conforman un vínculo que tratará de explorar y comprender.

L– No sé, hablá vos.

R– Me cuesta hablar, tengo una gran movilización. Cuando decidimos hacer terapia de pareja yo decidí empezar mi terapia individual, y además ayer terminé un curso y es un duelo, una pérdida, no nos vamos a ver... así que estoy un poco sensible.

Tenemos problemas de comunicación en la pareja. Escuchemos cómo comienzan a definir ellos la dificultad que tienen. La primera respuesta que obtiene la analista proviene de L, quien afirma no saber y le pide a R que hable. Aunque parezca obvio, aclaremos que hasta aquí, ambos reconocen que existe un analista al que se dirigen y dan por sentado que les ha dado una consigna pertinente. R acepta, en lo que parece un acuerdo inicial, ser el vocero de la pareja. En su parlamento nos llama la atención que se refiera a empezar algo individual cuando el foco por el que consultan es un conflicto sobre lo conjunto ¿Estará sugiriendo precisamente la existencia de algún nivel de conflicto entre lo individual y lo conjunto, entre la coexistencia de la individualidad y el hecho de pertenecer al vínculo? En la intervención de R hay alusión a un duelo y, aunque no podemos saber todavía qué querrá decir estar sensible ni tener problemas de comunicación, pensamos que estos términos deben formar parte Recordemos que en la discusión en el equipo clínico, se planteó que atender una pareja de homosexuales era ratificar su existencia. Consideramos, por cierto, que no es una tarea del psicoanálisis dar validez o refutar las teorías que soportan la consulta (“ser una pareja”) sino explicitarlas y explicar sus determinaciones inconscientes.

 

L– Hace dos semanas que no nos vemos. Vivíamos en la casa de R y yo me mudé a mi departamento.

El modo inicial de organizar la conversación y, en general, de disponerse en el espacio que se les ofrece –indicador de un modo de organización del vínculo–, con un acuerdo respecto a que R sea el vocero de ambos, ya no resulta satisfactorio; L ha retomado la palabra. Al escucharlo, la analista se encontró pensando que estaba ante una pareja separada pero reservó esto ya que por ahora se trataba sólo de una ocurrencia contratransferencial. (Racker, 1948)

L continúa:

L– Ese distanciamiento me hizo reflexionar sobre cosas que no pensaba. En estos años yo sentí una asfixia, mucha exigencia por los requerimientos de R. No sé si se enamoró de mí o de lo que creyó que era yo. Siento que me presiona a cambiar para poder estar juntos; y no puedo. Uno acepta al otro como es o es imposible. Desapareció la paz de mi vida; me tengo que transformar en otra persona. R se enamoró de alguien que escribe, hace música, pero yo tengo también mis miserias; como, cago. Y uno ama al otro con eso también. Yo me jugué por entero, con toda mi persona, mis valores, y hay cosas que uno puede cambiar, pero otras donde no puedo transar, que hacen a la esencia de uno. Yo no tengo que modificar nada, en estas semanas eso me quedó bien claro. Ahora me conocés. O me querés así, o no más.

En lo que sigue diciendo L, los términos que habían llevado a la analista a la ocurrencia que estaba ante una pareja “separada” toman otro sentido; no nos vemos, me mudé a mi departamento, parecen describir las condiciones de supervivencia de L para incluirse en un vínculo. Con su mudanza, el distanciamiento le da condiciones para pensar, para la reflexión y la paz. Parece decir que desde allí es posible un vínculo. Este estado actual se contrapone a otro, ubicado como anterior a me mudé.

 Esta consideración resultaría pertinente para un modelo sociológico sobre parejas que tome en consideración las manifestaciones de la conducta, en donde lo habitual es que compartan el mismo domicilio, o que no compartirlo forme parte del acuerdo inicial. Una perspectiva psicoanalítica, en cambio, debiera tomarlo hasta aquí como una ocurrencia contratransferencial, buscando explorar por qué se le ocurrió a la analista que son una pareja separada y el significado del término.

 

Parece describir que en el vínculo que se desarrollaba en la casa, se sentía un personaje en la cabeza de R, perdía su identidad y se inundaba con ansiedades de aniquilamiento.

(Recordemos que su primera intervención “No sé, hablá vos”, dejaba el vínculo en la mente y el habla de R.). La liberación viene por obra de mudarse al departamento. “Departamento” es entonces un “lugar” (espacio psíquico) en el que él cree rescatar su individualidad para poder acceder a otra forma de vincularse, alternativo al hasta ahora existente en “casa”.

R– ( interrumpiendo, con violencia) ¡Entonces no hace falta la terapia de pareja!

La interrupción de R parece expresar su impresión que lo que L le propone (aunque sería más apropiado decir impone, por el “así, o no más”) no es una pareja, sino una no-pareja (lo que incluye una noción de pareja por lo opuesto). Por la vehemencia con que lo afirma, nuestro razonamiento es que R siente a departamento no sólo como aniquilante del vínculo sino también –este sería un punto de especial importancia– aniquilante para sí mismo.

L– Yo (interrumpiendo )... no sé qué iba a decir.

R– (encimándose) que no vas a modificar nada.

L– se me fue... perdí el hilo de lo que iba a decir… a ver… eso, que no extraño el acoso,… cuando vuelvo a casa y empiezan los cuestionamientos, las preguntas; eso no, porque sería masoquista,...tu desconfianza constante... no son problemas de convivencia sino de cómo nos relacionamos. Todo lo que yo soy a R no le sirve, no lo hace feliz y así no puedo vivir en paz. En mi departamento siento soledad, pero me siento en paz, sin presiones.

R– (con furia y exaltación) Claro, decís que hace dos semanas que no hablamos porque no me llamaste para avisarme de la entrevista de hoy hasta último momento, para seguir con tu juego de generarme ansiedad!!

L– Ese es el lugar de mierda donde siempre me ponés y no te lo voy a seguir.

Discuten ahora a los gritos, interrumpiéndose y superponiéndose, acerca de quién habla y quién interrumpe, con argumentos como “yo te escuché antes ahora me toca a mí”, “ahora es mi turno, después dialogamos”, “yo te respeté, ahora respetame vos”. Parecen ignorar a la analista quien se siente obligada a presenciar una situación escandalosa sin que se espere de ella nada más que ser testigo de la escena.

Creemos que en este segmento redunda lo que describimos anteriormente y se suman algunos elementos nuevos. L insiste que sobrevivir (paz) sólo es posible por fuera del vínculo que le propone R –en el espacio psíquico “departamento”– y ya no sólo dice sino que muestra, además, cómo “pierde el hilo” frente a las intervenciones de R. Pero R también siente que hay algo aniquilante (¿imposible?) en lo que L le propone, ya que entiende que lo que para L es “mudarse” a un lugar en donde recupera su identidad y que le permitiría otra forma de vincularse, es en cambio para él una propuesta en la cual siente que no tiene cabida y en la que su singularidad se ve amenazada; es posible que sienta que su mente se destruye si L deja de ser el que él quisiera que sea.

Asistimos en la última parte de este fragmento a un intercambio verbal que muestra un intento de solución a la situación sin salida que parece darse. En la morfología de este intercambio, si así puede llamarse, podemos ver la cualidad vincular de este momento, una escalada de violencia a la que intentan poner coto mediante la inmovilización de uno por vez, una suerte de “cambiadita”: ahora yo, después vos, planteando un ilusorio “después” en el que los dos tendrían cabida, movimiento (¿supervivencia?): después dialogamos. Sólo queda un atisbo de relación al que conciben como una alternancia de satisfacciones y restricciones: turnarse para ser, probablemente una propuesta precaria y estrecha para sostener el vínculo.

Redundaremos en lo dicho hasta aquí. Sugerimos que subyacen a este intercambio aniquilante dos definiciones de pareja, que seguiremos llamando casa y departamento. Casa, además de aludir para ellos al espacio y tiempo en el que los dos vivían juntos –y arrastrar la penumbra de significado hogareño que el sentido común le adscribe–, también corresponde a un vínculo que tanto L como R acuerdan (historizan) que existió, y que es posible que esté cercano a la que míticamente dio origen a la pareja. L parece creer que este vínculo tiene sede en la cabeza de R y que cuando es parte de él, sólo es un personaje del mundo interno de R, pierde su identidad y su capacidad de pensar (pierde el hilo). Departamento, nombre del lugar donde L dice haberse mudado, alude a un espacio-mental exterior a casa que hace posible otro vínculo en el que, a salvo de sus ansiedades persecutorias, cobra existencia como alguien que recupera lo más fundamental de su identidad (come, caga, ¿su Yo-corporal?). Vimos que para R, esta definición departamento no sólo no remite a vínculo posible, sino que es antivincular e incluso cuestiona su ser.

Reparemos que en su heterogeneidad, casa y departamento parecen no sólo ser mutuamente excluyentes sino incluso no poder articularse u oponerse conservando su existencia. Quizás incluso las dos definiciones no sean de un mismo orden lógico – en el sentido de los tipos lógicos de B. Russell–, lo que permitiría su coexistencia y eventual confrontación. En cualquier caso, delimitan un campo vincular en el cual está amenazada la supervivencia de la singularidad de ambos. En lo enunciado hasta acá, esta cualidad mutuamente aniquilante parece dar por resultado un vínculo imposible, al menos si se trata de un vínculo en donde los dos (vínculos y sujetos que los encarnan) sobrevivan.

 

3.3) Un lugar para vincularse: ¿eliminar lo imposible?

Si estamos logrando transmitir el clima de esta primer entrevista, quizás el lector pueda imaginarse que la analista se sentía participando de una situación sin que se requiriera de ella aparentemente nada más que su presencia (tal vez porque con eso ratificaba la viabilidad de un vínculo “posible» entre ellos, una aspiración de los dos). Registraba que se debatía en medio del aturdimiento, tratando de examinar las ocurrencias derivadas del impacto que tenían sobre ella lo que oía y veía.

Colateralmente estamos sugiriendo en este párrafo que el basamento de la fundación de la pareja, su realización en la creación ilusoria de un espacio-cuerpo compartido en el enamoramiento, es posible que en este vínculo no haya tenido sede en un espacio intermedio, común-no común, que mantenga a la vez un sentimiento de pertenencia y un carácter de extraterritorialidad respecto de la mente de cada uno, sino que haya sido una formación que pudo tener sede en la mente de uno de ellos. La noción de clima en la clínica vincular alude a un modo de sentir que involucra a todos.Se percibió en un momento que cada idea que asomaba a su mente (de la analista) era rápidamente calificada como prejuicio –personal, teórico, institucional– por el mismo hecho de tratarse de una pareja de homosexuales. Tener alguna idea tomaba el carácter de una prevención anti-homosexual que se reprochaba. Notó incluso que estaba esforzándose denodadamente frente a un ideal deseable pero imposible, esto es, la aspiración -¿prejuicio a su vez?- de que es posible no tener prejuicios, tarea imposible reforzada en su efecto al calificar como prejuicio cualquier idea que se le ocurriese acerca de lo que allí estaba pasando. Luego pensó que su aturdimiento era producto de que esta gente, a pesar de sus buenas intenciones manifiestas a la hora de pedir ayuda terapéutica, y al mismo tiempo que parecían ignorar su presencia, le exigían participar de una relación en la cual ella misma “perdía el hilo”.

En su aparente identificación con L, entonces, la analista parece encontrarse no pudiendo rescatar un espacio mental propio en donde tener juicios (un departamento donde se pueda pensar), en cambio se ve llevada a transformar su mente en una mente sin ideas, cuando su aspiración de no tener prejuiciosideas anula su capacidad de pensar con libertad–una casa en la que sólo hay una mente (¿desmantelada?) ¿Sería esto el analista sin prejuicios que buscaban? ¿Un analista que pueda contener unvínculo sentido como mutuamente excluyente y aniquilante al precio de aniquilar su propia capacidad pensante? Si así fuese, analista sin prejuicios parecería aludir a un lugar (mente de la analista) donde el vínculo podría ser posible, haciendo viable unarelación que, si no mediara esta falta de prejuicios se viviría como imposible.

Continuemos con la primera entrevista.

3.4) ¿Un analista sin prejuicios puede hacer un análisis de

pareja de uno?

L– Cuando me interrumpe, después me olvido lo que pensaba.

Creemos que la estrechez del espacio vincular se realiza en la contratransferencia de la

analista a través de la anulación de la capacidad de pensar, terceridad, actividad de

simbolización.

 

R– Es que L tiene un problema de interpretación.

L– No, no, no!

R– Yo no te interrumpí!

L– No es un monólogo.

R– Yo te escuché hablar solo. Después dialogamos.

Vemos nuevamente en este fragmento la dificultad de crear reglas que permitan la supervivencia del vínculo-diálogo en tanto creemos que amenaza la identidad de cada uno de sus miembros.

También reaparece la ilusión que ya mencionamos en una relación futura que sofoque esa amenaza y entonces “dialoguen”.

Volveremos más adelante sobre qué tipo de esperanza creemos que es ésta.

Sigue R:

R– Yo le voy a aclarar (a la terapeuta), nosotros ya tuvimos terapia de pareja pero la interrumpimos porque L consideró que la terapeuta tomaba partido y no era imparcial. Mi visión es que cuando se empezaron a tocar ciertos temas de lo que a L le costaba modificar, se rajó y decidió unilateralmente interrumpir.

¡Terapia de pareja de a uno no se puede!

Para defender su definición de pareja, R instrumenta un lenguaje de acción en el que intenta imponer a la analista un consenso forzado y “obvio” (R. Laing, 1970) tratando de incluirla en su propio sistema de creencias. Intenta además encontrar un aval a su frase: pareja de a uno no se puede. Si ser, en la mente de R, es ser parte de una pareja, el distanciamiento (individualidad no asimilable) de L es necesariamente calificado como se rajó, y será semantizado como un ataque a esa pareja indistinguible de su singularidad.

Pensamos que por vía de la negación (Freud, 1925) se revela una fantasía de la que es vocero R, en la cual la pareja que se puede es precisamente pareja de a uno (que L sea “Uno” con él).

Desde esta perspectiva, pareja de a uno nos resulta una transformación de casa, en tanto representación de un modelo vincular de homogeneidad fusional, lo “Uno”. Sólo un analista sin prejuicios podría, a costa de aniquilar su pensamiento, desechar todo elemento semantizable como introduciendo algo ajeno (¿prejuicios?), anulando toda singularidad y homogeneizándose respecto al ilusorio “Uno”. De este modo se transformaría en un analistacasa para quien pareja de a uno sí se puede.

L– No es así.

R– Yo tengo otra lectura. Yo no me enamoré del L que escribe o hace música, me enamoré de la persona. Antes yo hacía terapia individual y mi terapeuta me aconsejó que la relación no era productiva por el grado de sometimiento. Y dejé la terapia porque consideré que era una apreciación del terapeuta. Terminó bien, no fue una ruptura. Yo ahora estoy en una segunda terapia y no pienso dejarla, no quiero más sometimientos.

Querríamos examinar con algún detenimiento este último razonamiento de R (a quien suponemos vocero de casa). Es muy complejo y tiene como presupuesto varias oposiciones que se alinean de a pares: decidir unilateralmente vs. no decidir unilateralmente, sometimiento vs. no-sometimiento, ruptura vs. terminó bien. En esa lógica (de casa), no hay cabida para una decisión individual –sin consenso– que no sea semantizada como ataque; decisión unilateral equivale a ruptura, a no terminar bien.

Hay una voz a desechar –ubicada en el anterior terapeuta– que él siente que no refleja su modo de sentir, que decía que estaba sometido y que para no escucharla terminó con esa relación.

Interrumpirla, y de ese modo no escuchar lo que podía haber de sometimiento en su pareja, es –para esta perspectiva– terminar bien y evitar la ruptura. Parece prohibir entonces hablar sobre el sometimiento; es una “apreciación” ajena a lo que a él le sucede.

Aunque a renglón seguido alerta que no va a permitir más sometimientos.

Tenemos la impresión que el segundo uso de la palabra sometimiento alude a un sentido distinto al que aludía según él su anterior terapeuta. En su segunda acepción sometimiento sería para R aceptar una decisión (existencia) unilateral de L. Por otro lado L, ha venido diciendo que se ha ido de una relación casa para no sentirse perdiendo su identidad y su capacidad de pensar, pero es donde debiera quedarse para que R no se sintiera sometido.

Aunque podría pensarse que están discutiendo –y fenoménicamente lo están– pensamos que esto no es así. Una discusión requiere que lo que digan ambos participantes se encuentre en el mismo nivel lógico o, dicho de otra manera, que estén hablando de lo mismo. Sin embargo, nuestra impresión es que R parece estar discutiendo de qué modo organizar el vínculo y tiene una propuesta o salida “organizativa” (¿defensiva?). El propone un ordenamiento jerárquico, y es en este contexto que se inscribe el significante sometimiento. En cambio, L parece estar discutiendo si existen condiciones de posibilidad (geógráficas-mentales-departamento) para su supervivencia y la de la relación.

L.– Yo a las únicas personas a las que te veo sometido es a tus viejos.

R– ¿Puedo hablar?

L– Pero no decir cualquier cosa. Quedé como una personaéticamente, profesionalmente ... cualquier cosa.

R– Dejame exponer.

L – Pero es bla, bla.

R– Tenés miedo!

L– No, pero me tengo que defender. Vos hablás y yo me olvido, se me van las ideas.

R– L confunde. Cuando no quiere hacer algo dice que eso es presión. Por ejemplo, yo tengo el papel servil en la relación; siempre preparo la comida, limpio, me ocupo de la ropa, trabaje o no.

L– (despectivamente) Tirás al horno unas milanesas que manda tu mamá!! Y además, en una pareja, esas cosas ni se mencionan!!!

R– Claro, pero si te falta el vino salgo a buscarlo; en cambio si te pido que me traigas un chocolate, o que me pases a buscar...siempre es tu cansancio!! En la cama igual; si te pido que me hables, o que lo hagamos a veces en la alfombra... siempre es no, eso es presión!

Vemos en este fragmento una nueva puesta en escena de lo que veníamos exponiendo, a la vez que se presentifica una escalada de reproches que ilumina los rezagos del vínculo que han quedado luego de la violencia que ambos ejercen. Para L, defenderse de que ciertas cosas queden afuera, si no, “se olvida”. Esta descripción puede dar la impresión de una comprensión un tanto maniquea que coloca a R en el lugar del malo de la película y a L como el bueno. No debemos olvidar que la relación “casa”, que en este momento defiende con tanto ardor R, es una relación en la que los dos son partícipes (aunque se pretenda, como ya dijimos, ubicarla en el pasado que ambos historizan). En ese sentido, L es el vocero de lo asfixiante de un vínculo que él también constituye, de esta cualidad que a su vez se transfiere al espacio mental de la analista.

 

Recordemos el fenómeno concordante con el que la mente de la analista hacía lugar a un vínculo posible descartando sus prejuicios-dejando fuera sus ideas.

Así como antes veíamos cómo quedaba del vínculo aniquilante un escaso resto que se proponía realizar en esa “relación por turnos”, ahora surge lo servil que delata también un ordenamiento jerárquico. Da la impresión que este ordenamiento, aunque precario, es en la visión de R algo que permitiría la supervivencia del vínculo –y la suya propia– y sostiene que estaría dispuesto a ese lugar si ambos lo ocuparan de un modo equitativo. Su propuesta intenta resolver una paradoja: no pueden existir el vínculo y ellos dos simultáneamente. Desde esa perspectiva también R parece ser tocado por lo imposible. Nuevamente apoya una solución, por la vía de ser servil de a uno por vez; considera que sus deseos no son contemplados en la relación y lo atribuye a cierta mezquindad de L; le reclama que se turnen para ocupar este lugar servil. Es en rigor una versión en la cual ante el peligro de sucumbir, la alternativa es que alguien se tiene que sacrificar (ser servil).

 

3.5) El estudio: una nueva realización de “departamento”

L– Hasta que no madures no puedo confiar en vos! Si de golpe entrás a mi estudio, y me hacés una escena de celos!!

R– Vos me das motivos!!!

L– No lo puedo permitir!! Tengo que cuidar mi trabajo, con vos no cuento para eso... es un problema ético, no corresponde...yo no puedo mezclar las cosas y que en el trabajo se vea mi vida íntima. Soporté 20 años de un trabajo que nada que ver conmigo, que casi me destrozó, con todas mis angustias...

R– Y yo tengo prohibido entrar a su estudio y me tengo que quedar fuera de sus cosas...después dice que yo desconfío... si me dice “te prohibo que vengas al trabajo”!!

(No conciben una relación de mutuo beneficio. En esto parecen sumarse al (pre)juicio

freudiano sobre el coito donde, desde el punto de vista intrasubjetivo, el placer de la

penetración se concibe como expresión del masoquismo femenino)

L– No podés ponerme en evidencia.

R – Claro, ¿y cuando hay mujeres?

L– El día que me fui de casa me dijo “andate, vos lo que querés es seducir a tu gente”. Y si yo me quedo hasta tarde es porque banco a la persona y me trago la angustia, y me pone en un lugar de mierda, éticamente!! Todos los vecinos se enteraron.

R– Son esas cosas machistas tuyas.

Vemos que R acusa a L de querer hacerle daño causándole celos, dejándolo fuera del estudio. L, en cambio, arguye nuevamente que dejarlo a R fuera de su estudio es un modo de preservación.

¿Nuevamente casa y departamento? Sí y no. Sí, en tanto en esta discusión escuchamos una nueva versión de aquella. No, en tanto agrega elementos que no estaban presentes en la definición anterior. Por ejemplo, L plantea –y esto nos abre a nuevos significados del conflicto– que la presencia de R en el estudio expone a los ojos de terceros cosas que debieran quedar ocultas, aproximándose y aproximándonos a otra dimensión de los prejuicios.

Daría la impresión que ese tercero (que en su imaginación criticaría las relaciones homosexuales), que lo pondría en evidencia (su homosexualidad) ocupa un lugar importante. Quedaría por considerar si ese tercero está en la mente de L o pertenece al vínculo y es desechado por R quien, ajeno al parecer al conflicto de L, sólo puede semantizar celosamente la restricción de L como un encuentro homosexual del que se lo excluye.

L reivindica la necesidad de un lugar estudio-departamento donde no se vea su “vida íntima” y R siente que ésta es una propuesta hipócrita. La ausencia de ese lugar de reserva es en cambio, para L, una presencia intrusiva y vergonzante. Siente que R le propone un modelo casa-no ético. Daría la impresión entonces que es coexistente con casa una visión en la que sólo existen fantasías sexuales, una suerte de pansexualismo que no imagina otra relación en la que no exista sexo explícito.

En síntesis, la sexualidad tipo casa –una suerte de erotomanía– semantiza ese espacio que L dice querer preservar como un espacio para la consumación de una (homo)sexualidad de la cual R siente que L lo excluye. Que R piense sólo en términos de sexualidad (¿o de homosexualidad?), pareciera ser insoportable para L.

Nos parece de importancia la aparición del significante machista. R critica aquí el tipo de diferenciación en base a satisfacciones alternantes y define machista como el abuso de los turnos.

Creemos que alude a la aparición de un sistema en el que hay diferencias, diferencias entre ellos que son semantizadas en más o en menos. Este sistema distribuye el poder y el sometimiento, donde se pone en evidencia una lógica al modo fálico-castrado.

 

3.6) La mente de la analista, ¡qué lugar difícil!

Llegado el final de la hora la analista sugiere una segunda entrevista:

L– Yo no sé si quiero seguir con esto porque veo desconfianza y bronca pero no afecto.

R– La decisión tiene que ser de los dos!!

L– Si decidimos continuar llamamos a la doctora.

R– Entonces depende de vos, otra vez!!

Analista: Qué lugar difícil el mío. Si les digo yo que vengan, para L. seguramente será que yo presiono. Si se los dejo librado a ustedes, R. sentirá que queda a merced de las condiciones de L. ¿Qué podré hacer yo para ser equitativa y no tomar partido?

L– No, no. Yo antes idealizaba hasta a los analistas. Un terapeuta sirve mientras es imparcial.

R– Lo sorprendente es que en la admisión la postura de L era tan diferente.

L– Pero estas dos semanas tuve paz. Te quiero pero no tengo paz.

R– Así quedo a tu merced. Al menos comprometete a pensarlo y me avisás.

L– Está bien, y después le avisamos a la doctora.

Nuestro comentario tratará de reunir ahora los elementos anteriores señalando el lugar de la entrevista –del cual habla la interpretación– como el lugar de lo imposible. La analista, mediante su intervención, toma los términos inconciliables del conflicto recogiéndolos en un espacio vincular transferido al que le da el nombre de “lugar difícil”. No como la analista sin prejuicios que ellos buscan, encontrando un lugar-vínculo que anule lo imposible. Sólo se puede “ser sin prejuicios” (abstención de lo valorativo) en tanto considerar que ninguna opción vincular es mejor que la otra. No es que en su intervención las diferencias desaparezcan; dice en cambio que las diferencias, a las que parcialmente nombra pueden intentar ser contenidas en un espacioal que invita: una segunda entrevista.

 

3.7) Confiar a ciegas

Luego de transcurrido un mes llamaron para iniciar tratamiento. Una vez comenzado seguían habitando viviendas separadas viéndose casi exclusivamente en las sesiones, y sólo tenían algún encuentro esporádico fuera de ellas. El fragmento que sigue corresponde al cuarto mes de tratamiento.

L– Me quedé con un tema que la doctora mencionó la otra sesión, que es mi preocupación por el SIDA, la forma en que cada uno aborda el problema. Creo que tenemos que llegar a un acuerdo sobre cómo manejarnos. Tal vez mis precauciones sean exageradas, pero yo tengo miedo de infectarme; en cambio vos confiás más, en los lugares donde vas, en las cosas que hacés. O que a vos no te va a pasar. Yo presto atención a qué me meten en el oído, o lo que usa el dentista miro de dónde lo sacó antes de que me lo ponga. Vos te dejás hacer y listo, sos más confiado; en cambio yo estoy atento, la desinformación que hay...

R– Si estoy bajo anestesia no puedo preguntarle al médico si me puso la descartable!!

L– No te estoy atacando, estoy planteando mis temores.

R– Cuando me operé me dijiste que vos no te hubieras operado, por el SIDA.

L– Como te operaste vos. Después encima, la mala praxis, y R decidió callar. Yo no lo hubiera permitido. Escucho cada cosa, que no esterilizan bien...no se puede confiar a ciegas...en lo que uno no ve.

Analista: De manera que para ser yo una analista confiable debería esterilizar bien ciertos temas antes de introducirlos, porque podrían ser dañinos, por ejemplo aquellos relacionados con los diferentes enfoques de cada uno sobre lo sexual.

L– Al contrario. Vengo acá para que hablemos de todo, y la confianza con usted es total. Los temas los tenemos que tocar todos. Traje este tema porque para mí es importante aclararlo (Es claro que aquí aparece el SIDA como significante social y una dimensión social respecto a la sexualidad; pero además es un significante en el vínculo: preocuparse por el SIDA es preocuparse por las diferencias, por la discriminación.

L- Quiero que me ayuden, qué parte son fantasías mías, una exageración, y qué parte es realidad, y mis prevenciones son una actitud cuidadosa. Quizás todas estas prevenciones son limitaciones que tengo.

La primera intervención de L alude a que la analista introdujo un tema que lo dejó pensando. Creemos que estos pensamientos que le ocupan la mente refieren a la actividad interpretativa de la analista que ha señalado diferencias entre ellos, lo que es vivido como una infección posible frente a la cual siente miedo y aparecen prevenciones. Ante ello nos parece que L intenta acordar respecto a cómo curarla y que puede verse en la interacción en la sesión los indicios de cómo conciben esa curación como minimización de las hetero(geneidades)- hetero(sexualidades).

R dice, a su vez, que cuando se está anestesiado (¿a las diferencias? ¿el sin prejuicios inicial?) no hay que (de qué) preocuparse.

La solución que intentan entonces viene de la mano de un acuerdo que significa para ellos una asepsia que niegue la existencia de acusaciones y desconfianza, porque es sobre la base de este acuerdo de homo(geneidad)-homo(sexualidad) en que es posible tener confianza, en la medida en que desaparecen las diferencias.

Sin embargo, la infección de las diferencias (pensamientos que denotan y connotan que son distintos, que tienen distintas concepciones sobre la sexualidad, que usan el cuerpo de modo distinto, que pueden tener distintas conductas fuera de la relación, etc.; en última instancia que cada uno tiene respecto del otro una zona de ajenidad no abarcada por la relación) ya ha creado un clima de desconfianza. Hay distintos modos de concebir la sexualidad y eso incluso podría llevarlos a no operarse-analizarse bajo los mismos standards. Por eso creemos que la analista recoge adecuadamente la mala praxis abarcando su propia actividad interpretativa como contaminante, peligrosa.

Esta es la actividad (homo)sexual de la que nos ocupamos en sesión. Viene a cuento el reparo surgido en el Equipo Clínico a la luz de imaginar como diferente el analizar la homosexualidad en un encuadre individual que en otro vincular. La resistencia-horror a esta última práctica parece remitir a la idea de que tendríamos frente a nosotros y nos ocuparíamos de una sexualidad manifiesta, directa, una conducta sexual y no la representación vincular de una sexualidad inconsciente. Como si la presencia de dos personas representara directamente delante de los ojos una escena sexual no mediatizada ni transformada. ¿Podría ser una idea concordante con la concepción de Freud de la homosexualidad como perversión y de ésta como descarga sin tope?

 

Vemos que ante la interpretación L oscila entre considerarse exagerado o cuidadoso. Al definirse como exagerado parece responder al deseo de incluirse en el mismo universo de sentido que R, señalando sólo una diferencia de grado, de intensidad, cuantitativa. Esto tornaría las “diferencias” asimilables. En cambio la definición de cuidadoso señala universos semánticos valorativos aparentemente incompatibles, inconmensurables, hetero(géneos), hetero(sexuales). Sostener este conflicto entre ser ciego y tener prevenciones es realmente dramático y finaliza renunciando a sus propias categorías (como cuando no podía pensar), impulsando a la analista para que lo convenza de que se trata de limitaciones de él y así, haga posible una relación que al fundir las diferencias en un todo homogéneo, quede asimilada a la casa de la primer entrevista.

R– Yo con el SIDA me cuido mucho, en la medida que puedo miro la asepsia, que me expliquen, y después dejo que intervengan porque confío. El dentista me habló de 1000 enfermedades que se transmiten por boca; leí que la enfermedad que causa más muertes es la tuberculosis, que se transmite por aspiración. Lo del SIDA es un prejuicio.

L– Pero muchos tuberculosos mueren por SIDA. Si no, se curan, porque hay tratamiento para la TBC. Es un verso eso.

A pesar de los esfuerzos que ambos encarnan reaparece un nivel de heterogeneidad. Las ideas que L expuso respecto a cómo R usa su cuerpo señalan que se trata de sexualidades heterogéneas.

Sus comentarios parecen aludir en lo manifiesto a una sexualidad que a los ojos de L sería indiscriminada, promiscua, inestable y crearía una amenaza mortífera para él (otra mala praxis). R sugiere que las diferencias entre ambos se pueden organizar en una escala de valor, transformando de este modo algo en donde para L se juega la vida y la muerte en algo relativizable. Daría la impresión que al reivindicar la gravedad de la TBC minimizando el SIDA, R no sólo está convirtiendo los temores que trae L en prejuicios sino que intenta aseverar que las mortales diferencias no son sexuales.

¿No estamos entonces frente a una dimensión de heterosexualidad en un vínculo entre homosexuales? Somos conscientes que hay un deslizamiento desde “sexualidades heterogéneas” a “heterosexualidad”. Si bien no las igualamos, también advertimos que no es fácil psicoanalíticamente diferenciarlas. Este tema está para nosotros abierto a la discusión.

 

En síntesis, la función de ver alterna con la ceguera que reclama un ideal vincular con ausencia de conflicto y falta de discriminación al que aspiran ambos, una confianza a ciegas (recordemos cuando L sugiere que lo que ve es producto de sus limitaciones y no de su agudeza, como la analista en la entrevista inicial) otra realización de casa. La aparición de prevenciones, en cambio, introduce una zona de heterogeneidad entre ellos, una zona de opacidad sin certezas como en departamento-estudio.

Analista: Están discutiendo acerca de qué tipos de intercambios –¿sexuales?– son adecuados, inadecuados, peligrosos, porque parece que hay diferencias. En la visión de L, R no es alguien suficientemente cuidadoso, ya que se deja introducir cosas inadecuadas por los lugares inadecuados. En la visión de R, esa es una visión temerosa, exagerada y hasta prejuiciosa de L.

L– Yo con este tema tengo un radar, que me dice sí, no. Como si en mi mente hubiera algo que me protege y me guía y me dice hasta dónde sí, hasta dónde no. Suenan campanitas. Por algo trato de no darle importancia pero surgen los miedos.

Que existan diferencias es mortal. Cuando R habla del SIDA como de un prejuicio está intentando nuevamente –como desde los conflictos de contratransferencia de la analista al comienzo de la primera entrevista– expulsar fuera del vínculo lo diferente, ya que si es un prejuicio no debe dársele lugar. L piensa que, como el SIDA, las diferencias son insalvables. R sostiene que para unirse hay que ser “ciegos a las diferencias”. L, a la vez, reclama la fuerza de protección de un radar, aunque por momentos preferiría creer que su radar no capta bien.

 

3.8) La última sesión.

Alrededor de un mes antes de la breve viñeta de la sesión que presentaremos a continuación, se suscita una dificultad con el horario establecido por el cual piden un cambio, de lo que resulta que por las ocupaciones de uno y otro sólo queda un margen posible para la sesión en una franja horaria muy limitada: de 23 hs. en adelante. A pesar de que la analista les aclaró que esos no eran sus horarios de trabajo, resultaba ser, desde esta óptica, la “única posibilidad”. Cabe agregar que por esos días, a raíz de una discusión en la que L había dejado solo a R en su casa, R había tomado pastillas (Lexotanil) en altas dosis “para dormir”, por lo cual fue hospitalizado y medicado. La analista decide atenderlos en un horario excepcional, aclarando el carácter de tal. Comentaremos sólo los pocos minutos finales de lo que fue la última sesión, ocho meses después del comienzo.

En los momentos previos la analista había reiterado ya la desestimación que ambos habían hecho de que la sesión transcurría en un horario excepcional, no sostenible, y la relación de esto con el estado del vínculo. Partimos de cuando, recogiendo las asociaciones previas, la analista interpreta:

Analista: Parece que la identidad y la continuidad de la terapia depende de que yo esté dispuesta a cambiar mi sistema de horarios de trabajo. Como hoy, que tuve que atenderlos en un horario excepcional. Y si yo fuera una buena analista encontraría una interpretación o un horario en que L sienta paz sin que eso sea la muerte o la internación para R.. O que garantice la continuidad de la terapia sin que sea a costa de Lexotanil para la angustia de R.

La analista señala por un lado que existe una imposibilidad, una incompatibilidad para conciliar, tiempos, lugares, significados y que algo del orden de la identidad y de la supervivencia está en juego. Al nombrar que el presente es un horario excepcional, señala que se actualiza allí un imposible, que existen reparos y que éstos se juegan en los límites mismos del encuadre (terapéutico y vincular). A la vez, está implícita en esta intervención la violencia que subyace para que esto ocurra, a la que llama cambiar su sistema de horarios. Señala que una buena analista, en la definición que está tácitamente contenida aquí, sería una analista sin prejuicios –que no tuviera horarios a los que juzgara como imposibles–, que habilitara un horario excepcional pero sin conflicto, esto es, sin este calificativo. Al adjetivar el horario como conflictivo, la contratransferencia de esta analista ya no se ve afectada de igual modo a como lo estaba en la primera entrevista cuando aspiraba eliminar toda adjetivación. Veamos cómo responden:

R– Es que no sé si pasa por su disposición de horarios. ¡Pasa por lo que está diciendo él!

En lo que impresiona como una respuesta resistencial a la interpretación-departamento, R. vuelve a sacar del espacio vincular la imposibilidad de la que hablara la analista, localizándola en L. Su respuesta, al incluir un reproche –pasa por lo que está diciendo él– contiene además la creencia que de no mediar dicha dificultad, el vínculo sería posible ya que el obstáculo no es intrínseco a la relación; acusa a L de tornarla imposible.

L– Yo siento que yo ya no ... ya no ...¡¡eso es imposible!! ¡es algo muy interno! Yo no le puedo pedir como terapeuta que haga algo para que yo no pierda mi paz. Pero perderla en un vínculo de pareja es estar mal permanentemente; no siempre alcanza con lo que uno quiere; no puedo engañarme... Yo sé que no tendría que engancharme en ciertas cosas de él, pero es imposible. Así que yo no quiero seguir con esta relación y tampoco venir más.

R– Ud. dijo de la angustia y yo igual prefiero la ruptura a quedarme en una relación por la angustia de no tenerla. Yo me siento mal, pero voy a tener que elaborar esto por mi cuenta.

Tras haber sacado R la imposibilidad afuera, L responde reintroduciéndola, diciendo que el problema es interno. Nuevamente insiste con que no puede engañarse. Engañarse, dice, sería depositar la dificultad en la analista y pedirle que haga algo, bajo el lema “querer es poder”, desestimando el origen interno de los impedimentos y localizándolos afuera; engañarse sería así, dejar de ser él. L señala que hay algo imposible-interno en la sesión y en el vínculo cuando se abren los ojos (ceguera anterior) y no hay engaño, que si eso no ocurriera perdería su paz por estar mal en un vínculo de pareja permanentemente.

Si retomáramos acá el interés inicial por dilucidar el significado que para ellos tiene el significante pareja, debiéramos decir que se trata de algo permanente. L aspira a un ideal al que define con no engancharse como en departamento; pero sin embargo, admite que aunque deseable, departamento es también imposible para él, como lo son la relación y el tratamiento al que decide no venir más. Por último, R responde; la violencia con la cual reclamaba a L y el sentimiento de aniquilamiento han sido reemplazados por la angustia. R, angustiado, recurre de igual forma a la salida individual (por mi cuenta). No sabemos qué significará para él elaboración, aunque pareciera algo opuesto a estar bajo anestesia como lo proponía el material anterior. Parece referirse implícitamente a que deberá atravesar un duelo, pero queda por saber, si así fuera, si se trata del mismo duelo al que hacía mención en los comienzos de la primera entrevista o si ha cambiado de significado.

 

4. UN FINAL PARA ABRIR LA DISCUSION

En este último apartado queremos reencontrarnos con nuestra propuesta inicial de abrir una discusión a partir del material clínico institucional que hemos presentado, intentando ver cómo operan las pertenencias institucionales en nuestra mente. Desde ellas, dijimos, solemos compartir creencias obvias, que influyen decididamente en lo que se ha dado en llamar la “ecuación personal” del analista, las que con un basamento supuestamente científico frecuentemente sólo expresan “opiniones”, a veces coagulan en reglamentos y en otras oportunidades funcionan como leyes no escritas que dependen más de la “ideología institucional” que de la aplicación de nuestro instrumento analítico.

La teoría psicoanalítica ha supuesto que los “conflictos” de contratransferencia –la “ecuación personal” del analista–, encontraban su origen en los conflictos no resueltos del analista en la elaboración de su sexualidad infantil. Esta concepción que decía que nuestro modo de pensar y sentir estaba moldeado por el modo en que fueron afrontados los conflictos que nos planteó en su momento la sexualidad infantil, tuvo como premisa la renuncia a toda causalidad histórica y social. Desde allí se entendió que toda referencia vincular o cultural –no sólo acerca del paciente sino también del analista– era resistencial y el psicoanálisis debía descentrarse de ella.

Cornelius Castoriadis (1975) ha insistido en que a la constitución del mundo representacional de cada sujeto confluye no sólo lo que proviene de su singularidad sino también lo que proviene de la institución social, previniendo sobre el reduccionismo por pasar de un terreno a otro  “... la institución histórico-social del individuo (y correlativamente de la percepción de la cosa), ya sea de la transformación de la mónada psíquica en individuo social para el cual existen otros individuos, objetos, un mundo, una sociedad, instituciones, nada de lo cual, originariamente tiene sentido para la psique. Todo esto nos llevará a analizar la cuestión de la psique que, en verdad no es separable de lo histórico-social.” (La institución imaginaria de la sociedad, cap. VI, pág. 178)

En nuestro medio, Berenstein y Puget han propuesto reiteradamente una modificación

de la segunda tópica concibiendo un aparato psíquico no sólo abierto a los impulsos del Ello, sino también a las representaciones sociales. Éstas también deben ser contempladas como instituyentes de lo inconsciente; la discusión en torno a pensar lo inconciente como algo cerrado por la represión de la sexualidad infantil, o como abierto a nuevas marcas significantes a posteriori de tal momento se apoya en las ideas precedentes. Con estos últimos planteos –y sin dejar de lado aquello que hace a los fundamentos de nuestra disciplina– se ha querido incorporar otro vértice para dar cuenta de las determinaciones inconscientes que le son aportadas a cada sujeto –tanto al paciente como al analista– desde el conjunto al cual pertenece.

En el material clínico, que intentamos seguir minuciosamente, hemos tratado de mostrar cómo influyen supuestos que provienen de distintos estamentos, no considerados habitualmente, y que luego forman parte de lo institucionalizado de la mente. Por ejemplo cómo se hicieron oír creencias ideológicas bajo el temor a que la intervención fuera “legitimadora” de un vínculo –tal como se expresó en la discusión en el Equipo Clínico– adoptando la forma de una discusión técnica. Desde otro lugar –quizás desde el papel que tuvieron en lo institucionalizado de la mente de la analista ciertos ideales libertarios– el peso que tuvo el pedido de un “analista sin prejuicios”, forzándola a semantizar toda idea sobre este tema como prejuiciosa. Elegimos este material, que plantea el tema de la homosexualidad, además del interés que nos despertaba dicho tema por lo poco habitual de su presentación, porque en él esta cuestión se tensaba especialmente. Intentamos reflejar el intenso trabajo psíquico requerido a la analista –y a los miembros del Equipo Clínico donde se fue discutiendo el material– para rescatar nuestro instrumento psicoanalítico, acechado y amenazado desde distintos frentes y que tenían eficacia en lo que hemos llamado lo “institucionalizado de la mente”.

No suponemos que lo mostrado en este caso sea necesariamente extensible a otras parejas constituidas por personas del mismo sexo. Por el momento –siguiendo la tradición psicoanalítica e intentando preservarnos de criterios generales que hacen a “nuestros universales” (prejuicios)– estamos ante el estudio del caso singular. En igual dirección, pensamos que muchas de las cuestiones aquí presentadas como propias de este vínculo pueden estar presentes –las reconocemos de nuestra experiencia clínica– en una pareja constituida por personas de diferente género. Sí creemos que para aprehender una comprensión psicoanalítica debiéramos poder abstenernos –hasta donde nos sea posible– de categorías impregnadas de descripciones fenoménicas. Por ejemplo, pensamos que términos como heterosexualidad y homosexualidad requieren de mayor estudio ya que frecuentemente al utilizarlos, aún lo hacemos superponiendo la indagación psicoanalítica con descripciones de conducta (o nos deslizamos a considerarlos como perteneciendo al mismo orden de fenómenos cuando creemos que se trata de términos que pertenecen a universos semánticos diversos). También ponemos a consideración una concepción vincular de homosexualidad y heterosexualidad como nociones solidarias con vínculos fusionales y vínculos en que la alteridad es máxima. De ser adecuada, estaríamos considerando aquí fenómenos de heterogeneidad sexual en un vínculo definido“fenoménicamente” o “clásicamente” como homosexual.

En el material clínico observamos una tensión entre un fenómeno vincular que liquidaba toda ajenidad-opacidad y otro donde se la recuperaba, aunque como fuente de un conflicto aniquilante.

Por un lado, con la fuerza de lo obvio se imponía una propuesta fusional (casa), que incluía a la analista (analista sin prejuicios) afectando todo pensamiento que registrara algún nivel de alteridad (confiar a ciegas). Este nivel se diferenciaba de otros en los que había indicadores de un espacio discriminado del todo fusional, en donde se recuperaba la capacidad de pensar (como lo intentaba fallidamente departamento) y a la par emergía una analista que registraba el conflicto entre concepciones mutuamente aniquilantes del vínculo poniendo en palabras “lo imposible”.

Nos pareció muy interesante el lugar que ocupaban la mente de la analista y el espacio-tiempo de las sesiones para desplegar esta situación (transferencia vincular); cómo tenía que resolver al final de la primera sesión la paradoja de no dejar de ser analista–pensar, interpretar, abstenerse y ser neutral– y a la vez no quedar entrampada en una elección imposible. Pondríamos en la misma línea lo que antecedió a la sesión final cuando se la forzaba a “un horario” que hiciera posible la continuidad de la relación aunque luego se mostrara inviable.

Es una hipótesis plausible para nosotros reconstruir un momento fundacional en el que esta pareja se constituye (más apropiado que decir “constituyó”, para no darle a la historización una dimensión de pasado temporal) encontrando una garantía en la unión frente a un enemigo en común localizado afuera: los prejuiciosos que se oponen a la homosexualidad. Esto parece reeditarse en la situación de la admisión en la que solicitan un analista que no discuta la homosexualidad de ellos. A lo largo del proceso se despliega el significante analista sin prejuicios. Un analista sin prejuicios es el analista que parecen necesitar para que los una, pudiendo confiar a ciegas (recordar la descripción del conflicto de contratransferencia en la primera entrevista: aturdimiento, intento de no albergar prejuicios en su mente anulando su capacidad de pensar, etc.). Pero resulta que el pensamiento de la analista –y su método– introducen diferencias mediante la interpretación y éstas se despliegan y deben ser dirimidas ahora dentro del vínculo como creemos que se ve en el segundo material (3.7), en que la aparición de prejuicios incluye una infección de diferencias vividas como mortíferas. Esto pareceser a la vez una posibilidad y un peligro.

Sugerimos que para comprender la intensidad con que se ve afectada la contratransferencia no es suficiente únicamente con el examen de los puntos ciegos del analista provenientes de su historia infantil. Proponemos en este trabajo la necesidad de incorporar al análisis de los conflictos de la contratransferencia y a nuestras discusiones clínicas el modus operandi de las determinaciones de lo conjunto, es decir, el lugar de la institución y de lo institucionalizado de la mente en las concepciones del analista.

Para ello, es necesario un trabajo psíquico que, tomando como modelo lo que Bleger nos enseñó sobre el encuadre, haga foco también en cómo nos determina lo nstitucional; o mejor dicho, para ser fieles a nuestro razonamiento, “las instituciones”. Esto implica un cambio en nuestro modo de pensar, concibiendo que además de instituir una institución, ésta nos instituye. Este trabajo apunta a contribuir a abrir esta discusión.

 

* Este trabajo recibió el Premio Centro Liberman, 1999.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

AULAGNIER, P. (1975) La violencia de la interpretación, Amorrortu, Bs. As., 1977.

BLEGER, J. (1966) Simbiosis y ambigüedad, “Psicoanálisis del encuadre”, Paidós, Bs. As.

CASTORIADIS, C. (1975) La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets editores, Bs. As., 1993.

D.S.M. IV (1995) Masson, S A, Barcelona

EISSLER, K. (1953) “The effect of the structure of the Ego on psychoanalytic technique”, J.A.P.A., vol. I.

FREUD, S. (1905) “Tres ensayos para una teoría sexual”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1910) “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci”. Obras completas,

Amorrortu, 1980.

- (1910) “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica”. Obras

completas, Amorrortu, 1980.

- (1912) “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”.

Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1913) “Totem y tabú”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1914) “Introducción al narcisismo”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1919) “Pegan a un niño”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1920) “Más allá del principio del placer”. Obras completas, Amorrortu,

1980.

- (1921) “Psicología de las masas y análisis del yo”. Obras completas,

Amorrortu, 1980.

- (1923) “El yo y el ello”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

- (1925) “La negación”. Obras completas, Amorrortu, 1980.

-(1939) “Moisés y la religión monoteísta”. Obras completas, Amorrortu,

1980.

GREEN, A. (1984) El lenguaje en el psicoanálisis, Amorrortu, Bs. As.,

1995

HEIMANN, P. (1950) “On Countertransference”, Int. J. Psych., vol. 31.

KAËS, R. (1984) Lo negativo, “El pacto denegativo en los conjuntos

transubjetivos”, Amorrortu, Bs. As., 1991.

KUHN, T. S. (1962) La estructura de las revoluciones científicas, Fondo

de cultura Económica, México, 1985.

LACAN, J. (1953-54) El seminario de J. Lacan, Los escritos técnicos de

Freud, Barcelona, 1981.

LAGACHE, D. (1958) La Psychanalise, “La Psychanalise et la structure de

la personalité”, Paris, P.U.F.

LAPLANCHE, J. (1973) Problemáticas II, castración, simbolizaciones,

Amorrortu, Bs. As., 1988.

MELTZER, D. (1973) Sexual States of Mind, Clunie Press, Great Britain.

MELTZER, D. Y HARRIS, M. (1998) Adolescentes, Spatia, Bs. As.

MONEY KYRLE, R. (1956) “Normal Countertransference and its desviations”,

Int. J. Psych. vol. 37.

PUGET, J. Y BERENSTEIN, I. (1988) Psicoanálisis de la pareja matrimonial,

Paidós, Bs. As., 1988.

RACKER, H. (1948) Estudios sobre técnica psicoanalítica, Paidós, Bs.

As., 1981.

Publicacion Original:

www.apdeba.org/publicaciones/2001/01/pdf/012001moguillansky.pdf

info@enigmapsi.com

 

EnigmaPsi (c) 2002-2014
Psicología – Psicoanálisis – Consultoría

Editor Responsable: Lic Sonia Cesio
Directora: Lic Sonia Cesio
Dirección: Avenida Santa Fe 4990- Buenos Aires, República Argentina.
TE (0054)11 4773-9597 /(0054) 11 - 15 62987672
E-mail: info@enigmapsi.com
Los artículos publicados en el sitio no pueden ser reproducidos sin el permiso del Editor Responsable.

ISSN 1853-1849