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LOS JÓVENES Y LA TECNOLOGÍA GENERACION EN RED

Autor  Carolina Arenes*

Recibido el 30 de agosto de 2002

Por primera vez en la historia, los jóvenes poseen un mayor dominio que los adultos del saber que definirá el futuro perfil político y económico del mundo, un cambio de eje de consecuencias invaluables.

Ciudadanos privilegiados de la nueva metrópolis virtual, cosmopolitas domésticos, como lo ha pensado el filósofo español Javier Echeverría, capaces de relacionarse con el mundo entero sin moverse de su asiento frente a la pantalla, los jóvenes de hoy cosechan los frutos de ese protagonismo pero también la mirada desconfiada de las generaciones anteriores. Es que los adultos, inseguros todavía en el nuevo mundo desterritorializado e incorpóreo, suelen moverse con paso ambivalente, entre la admiración y el miedo, entre el deslumbramiento y el prejuicio.

Madrid. Aeropuerto de Barajas. Febrero 2004. Madre e hijo irreconciliables: el famoso tópico adolescente no-quiero-salir-en-la-foto caldea los ánimos. Harto de la insistencia, el joven acepta a desgano participar en el cuadro. La calma familiar se restablece. Hasta que la madre se pone a ver las fotos y descubre azorada que el chico no salió en ninguna. Desafiante y soberbio, seguro en sus saberes digitales, él mismo se encarga de explicarlo: se había borrado de la foto. El verbo se conjuga en presente juvenil: yo photoshopeo; los adultos no photoshopean.

La escena es una de las anécdotas a las que recurre Sergio Balardini, licenciado en psicología, investigador y coordinador del programa de estudios sobre juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), para dar una idea del modo en que la era electrónica modificó no ya solamente el mundo del trabajo y la economía sino también la sociedad, la cultura y la familia. Porque leído en clave generacional, el impacto de las nuevas tecnologías, además de profundizar las diferencias de oportunidades en una población con marcadas desigualdades socioeconómicas, desigualdades socioeconómicas, también ahonda otra distancia, la de la brecha generacional: los jóvenes se mueven en el mundo digital como peces en el agua mientras los grandes hacen un esfuerzo enorme para no naufragar. "En la era tecnológica, los chicos son los ricos y los adultos los pobres", dice Nicholas Negroponte, uno de los máximos gurúes de la comunicación en tiempos de revolución digital.

Los ejemplos son elocuentes: Jerry Jang y David Filo, los fundadores del famoso buscador Yahoo, tenían 25 y 22 años, respectivamente, cuando sacaron el programa y el sitio. Shawn Fanning lanzó en 1999, a los 19 años, el Napster, primer programa de intercambio de archivos que se utilizaría para intercambiar música.Yair Goldfinger, responsable tecnológico de Mirabilis, la empresa que está detrás de ICQ, tiene 26 años; Arik Vardi, con 27 años, es el consejero delegado; Sefi Vigiser, 25 años, es el presidente. Crearon ICQ en 1996, es decir, hace ocho años: todos ellos eran entonces adolescentes. Los argentinos Wenceslao Casares y Constancio Larguía tenían 22 y 23 años, respectivamente, cuando crearon patagon.com, sitio que después se vendió en una cifra millonaria. "Por primera vez en la historia -dice Balardini-, los jóvenes tienen más conocimientos que los adultos, no ya sobre el acotado fragmento de la cultura juvenil, como hace 30 años sucedió con el rock, por ejemplo, sino que están más capacitados que los adultos respecto del saber hegemónico de su tiempo, aquél sobre el que se está desarrollando el nuevo perfil económico, político y social del mundo. Esto sí es un cambio de eje cuyas consecuencias no podemos evaluar todavía."

......

-Cómo hago para bajar un archivo de música?

-¿Un mp3?

-Sí, bah, no sé...

-Dejá, yo te lo bajo.

-No, lo quiero hacer yo.

-Bueno, esperá que te enseño.

......

El hecho de que quien tiene el saber (¿el poder?) sea el hijo de 13 años y no el padre marca un hito en el modo de relación intergeneracional. Porque, además, no es sólo una cuestión de padres e hijos, en donde todo se puede resolver con una cargada, una sonrisa o una decisión heroica de no perderse el tren tecnológico aunque se haya llegado un poco tarde a la estación. Escenas similares se repiten en los trabajos, en donde muchas veces los jóvenes son percibidos como una amenaza por los más grandes, y en las escuelas, con alumnos más capacitados que sus maestros para tomar decisiones en el mundo digital.

¿Por qué para ellos es tan fácil? "Porque crecieron con la tecnología -dice Balardini-. Para los chicos, especialmente para aquellos de clases media y media alta, la tecnología es naturaleza. No hay nada extraño, nada que los haga sentirse inseguros o ajenos, porque desde que nacieron estuvieron entre pantallas de televisión y computadoras, video juegos, controles remoto y videograbadoras. Los adultos, de todos modos, vamos aprendiendo de a poco a familiarizarnos con los secretos de la red, pero el uso que más hacemos de ella es meramente instrumental. En los chicos, se ve claramente una marca de identidad, un código que los interpela y en el que pueden reconocerse."

El Big Bang del ciberespacio

Desde su llegada a la vida pública en 1991, la web ha expandido su poder con la fuerza de un Big Bang en el espacio virtual. La Argentina, aun en medio de una crisis que tuvo y tiene dimensiones de catástrofe, también sigue el ritmo vertiginoso de ese fenómeno de escala global: en cinco años quintuplicó el número de usuarios pasando de 1.000.000 en marzo de 2000 a 5.328.000 en marzo de este año. Y también aquí, como en el resto del mundo, la participación de la juventud sigue siendo clave. Del total de usuarios del país, los que tienen hasta 34 años representan el 64 por ciento; de 35 a 44 años, el 17 por ciento; de 45 a 54, el 13 y, a partir de los 55 años, apenas el 6 por ciento. Un estudio realizado por la consultora Markwald, La Madrid & Asociados indica que, entre 1999 y 2003, el porcentaje de jóvenes que usan Internet tuvo un crecimiento del 160 por ciento: en 1999, sólo el 23 por ciento de los chicos entre 14 y 24 años usaba la red, pero ese porcentaje trepó al 60 por ciento en apenas cuatro años, es decir, se triplicó.

Sin embargo, es el uso que le dan a Internet lo que marca la diferencia. Distintos estudios coinciden en que, entre los 9 y los 17 años, predomina su utilización como herramienta de comunicación y como entretenimiento (aunque también, y cada vez más, los estudiantes empiezan a usar Internet para buscar información escolar y a armar grupos de estudio en red para resolver trabajos en equipo). Es el signo de la experiencia adolescente: muchos juegos en red, música, eternos chateos con amigos y con desconocidos de cualquier parte del mundo (pero con afinidades preestablecidas por el perfil del chat), experimentación con la identidad y el anonimato, nics (nombre con el que se presentan) que cambian muchas veces al día. "El mundo digital -dice Balardini- les da mayor autonomía que el mundo real, en parte porque no están limitados a la gente que conocen en su barrio, su escuela y su familia, pero también porque cuando están conectados tienen que tomar decisiones todo el tiempo y en milésimas de segundos, tanto en la interacción de los chateos como en los juegos, que no son siempre de respuesta automática (no se trata sólo de matar marcianos). Hay muchos diseños de gran complejidad que apelan a la creatividad y estimulan la imaginación, exigen competencias intelectuales diferentes, destrezas visuales y motoras nuevas que van configurando un mapa cognitivo también diferente del de los adultos."

Apuestas ambiciosas

La experiencia demuestra que, pasada la euforia del entretenimiento adolescente y la fascinación que inaugura la sociabilidad virtual, muchos jóvenes ponen en acción una apuesta más ambiciosa que no reniega del encuentro social, pero lo excede. Ejemplos hay miles. Uno de ellos es el proyecto wikipedia, una suerte de enciclopedia colectiva cuyo objetivo es la colaboración para la construcción de un saber global. Balardini destaca también que las nuevas tecnologías, cada vez más sencillas de maniobrar, promueven el surgimiento de nuevas experiencias como páginas de arte y diseño y sitios de dibujos animados. "Realizados por jóvenes -dice-, suelen ser irreverentes y divertidos y, en muchos casos, confluyen en una vertiente que enlaza arte y micropolítica, como puede verse en www.locoarts.com.ar o www.lavidademark.com.ar, entre miles de otros."

El último boom de Internet que vuelve a subrayar el protagonismo juvenil son los weblogs, espacios personales de escritura, sitios que una persona usa en Internet para escribir periódicamente artículos ("posts") que se van ordenando cronológicamente y al que cualquier visitante puede sumar comentarios. Como son muy sencillos de armar (en pocos minutos, cualquier persona puede tener el suyo) y en ellos no hay ni moderadores -como en los foros- ni ningún tipo de autoridad más allá de la de su creador, verdadero "maestro de ceremonias", los weblogs encarnan la utopía de Internet joven: democratización del saber, ausencia de jerarquías preestablecidas más allá de las que da el conocimiento, libre circulación de la información. Hay weblogs para todos los gustos (se calcula que son más de medio millar en todo el mundo): ensayos experimentales de ficción (un ejemplo, www.lamujergorda.bitacoras.com.ar); deportivos, políticos, literarios, personales, a la manera de diarios íntimos, y muchos de cyberperiodismo, que intentan presentarse como voces independientes frente a las grandes corporaciones de medios (el caso más dramático sin dudas fue el del joven iraquí que durante la invasión a su país transmitió desde su página personal información sobre lo que iba sucediendo día a día hasta que las bombas se lo permitieron).

Mariano Amartino, uno de los jóvenes más brillantes de la Generación I local (la definición es de Bill Gates, I de Internet y también de información), fue uno de los creadores de www.weblogs.com.ar, sitio en el que está listada buena parte de la población local de blogs. Por ese desarrollo fue elegido por el British Council, que todos los años premia a un joven con perfil tecnológico que se esté destacando en alguna parte del mundo (hasta la BBC mandó un equipo para entrevistarlo, impresionada por la explosión de los weblogs en la Argentina). Amartino, que se ha dedicado a la informática pero es licenciado en Ciencias Políticas y no puede abandonar el ritual matutino de desayunar leyendo el diario (de papel), sonríe cuando se le pregunta por los temores que despierta Internet en muchos adultos. "Hoy hay argentinos muy jóvenes que exportan, venden y promocionan sus diseños en circuitos alternativos o mainstream a los que no hubieran podido acceder si no hubiera sido por la promesa cumplida de horizontalidad que hay en la red. Las comunidades online te dan cabida en una red social y de conocimiento a la que de otra forma, nosotros, argentinos en el confín del mundo, tal vez no hubiéramos tenido acceso, y la llave para pertenecer es simplemente tu conocimiento y tu capacidad de aportar. Allí no hay jerarquías. Y todo esto rodeado de un halo de anonimato e intimidad que uno puede manejar a gusto e piacere."

Tal es la atracción de las nuevas generaciones por Internet que muchos programas de inserción social hoy tienen como eje proyectos tecnológicos. Susana Finquelievich, socióloga, docente universitaria e investigadora en temas de juventud y Sociedad de la Información, ha investigado ese tipo de desarrollos en la Argentina donde, dice, hay muchas iniciativas ciudadanas. Entre muchísimas otras, Finquelievich menciona a la Fundación Amauta, que trabajó en Tafí del Valle con la comunidad de Los Zazos -durante décadas sumida en un fuerte proceso de migración de jóvenes- en proyectos de capacitación para el uso de nuevas tecnologías como forma de encontrar salidas laborales. En la ciudad de Mendoza, el Grupo Chat (grupochat@arnet.com.ar) se originó a partir de las voluntades de jóvenes (estudiantes secundarios y universitarios) y profesionales, movidos por el descontento con la realidad social. www.ecoclubes.org.ar nuclea organizaciones no gubernamentales, integradas por niños y jóvenes, que promueven la formación de líderes comunitarios para el desarrollo de sus localidades y tienen como misión mejorar la calidad de vida de las poblaciones. "Experiencias como éstas, y hay muchísimas más -dice Finquelievich-, demuestran, por un lado, la inmensa capacidad y creatividad que los jóvenes desarrollan usando las tecnologías y, por otro, la necesidad acuciante de facilitarles el acceso a la información y al conocimiento que vehiculizan los nuevos desarrollos tecnológicos."

El hombre es más hijo de su tiempo que de su padre, dice el refrán. Esa antigua perla de sabiduría popular parece hoy más verdadera que nunca.

Puntos de encuentro

Los puntos de encuentro entre Internet y las nuevas generaciones son muchos. Ernesto Martelli, secretario de redacción de Rolling Stone, tal vez la revista que mejor traduce los intereses de la cultura joven local, destaca el surgimiento de lo que llama la generación download (en referencia a la actividad, muy popular entre los chicos, de bajar archivos de música de la red; es clave el intercambio gratuito de archivos y los reproductores de mp3 que cambian radicalmente el modo de distribución y consumo de la música); el chat, ayudado por los emoticons -íconos que sirven para describir estados de ánimo- y la conformación de un nuevo tipo urbano, "los ciberchabones, categoría que sirve para describir el fenómeno de los locutorios y locales de juegos en red en barrios y suburbios: verdaderos puntos de encuentro entre la cultura callejera del aguante, de ?parar en un kiosco´, del tiempo libre en espacios públicos con la alta tecnología disponible de los llamados juegos multiplayers online como el Counter Strike."

Pero estos ciberchabones que despiertan recelos y hacen enojar a los vecinos con su costumbre de juntarse en la puerta del ciberlocal -dice Sergio Balardini, investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)-, aunque navegan por Internet e intercambian archivos de música, tienen un manejo mucho más limitado de las posibilidades tecnológicas. "Las consolas, el play station, la producción de webpages o weblogs y la participación en comunidades virtuales, es decir, los desarrollos más sofisticados y creativos de la red, quedan en manos de jóvenes con mayor dotación de recursos."

Pobreza y baja interactividad

De todos modos, aunque las posibilidades de acceso al consumo tecnológico son diferentes, el mundo de la tecnología, dice Balardini, los atraviesa a unos y a otros, las pantallas los capturan a todos, en casas, comercios, bares, estaciones de trenes o subterráneos, con una cierta omnipresencia. "En cuestiones de tecnología digital, en todo caso, pobreza es igual a baja interactividad."

Miriam tiene 29 años, es jujeña y trabaja en Buenos Aires en una casa de familia. En Palpalá, a pocos kilómetros de la capital de su provincia, quedó Franco, su hijo de 8 años, con quien ella se comunica todos los fines de semana desde un locutorio ... para chatear. "Cuando podemos organizarlo -dice Miriam-, vamos a los que tienen web cam, así nos vemos las caras más seguido."

¿Cómo aprendió Miriam a utilizar las nuevas tecnologías? Con la práctica, en locutorios o cybercafés cuyas tarifas hoy oscilan entre 1 peso y un peso con cincuenta la hora. En 2002, sólo el 19% de los usuarios utilizaba los accesos públicos; ahora ese porcentaje trepó al 37 por ciento. El mayor acceso a la red a partir de lugares públicos permitió la incorporación de sectores con restricciones presupuestarias como los jóvenes (el 56% de quienes se conectan desde accesos públicos tiene 25 años o menos), los niveles socioeconómicos medio y medio bajo (C2, C3 y D, 80%) y los usuarios más nuevos (el 59% tiene menos de dos años de uso). Enrique Carrier, titular de la consultora de mercado Carrier y Asoc. lo dice con alguna ironía: el abaratamiento de los costos para instalar un locutorio con banda ancha hizo que surgieran locales en pueblos remotos, en barrios pobres, en terminales de trenes. La democratización, el achicamiento de la llamada brecha digital, hoy corre más por cuenta del mercado que por las políticas del Estado."

Carrier alude al programa de Centros Tecnológicos Comunitarios (CTC) con el que se llegaron a instalar unos 1500 centros (hoy quedan unos 700 en funcionamiento) en poblaciones desfavorecidas (desde villas de emergencia como La cava a pueblos remotos de Misiones, Jujuy y Tierra del Fuego) con máquinas, conexión a Internet (sin banda ancha) y con una persona que pudiera iniciar a los interesados.

Avidez por la tecnología

La socióloga Silvia Lago Martínez, docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y a cargo del monitoreo de estos CTC, sabe que no será sencillo ampliar oportunidades para todos. Sin embargo, la experiencia de los CTC confirma, dice, la avidez de los sectores más necesitados por aprender a utilizar las nuevas tecnologías y su capacidad, cuando son orientados, de darle a ese instrumento usos que puedan ayudar a mejorar su situación laboral y económica.

De muchos de esos centros, confirma, han salido páginas web para comerciantes hechas por los jóvenes del lugar que habían tomado cursos con la esperanza de mejorar las expectativas laborales.

En muchas poblaciones muy pobres, a los CTC acuden los chicos para que los ayuden con las tareas. Fue en el Gran Buenos Aires donde se reportó un caso singular: un nene de 10 años, muy pobre, que no sabía leer ni escribir, demostró, al cabo de un tiempo frente al teclado y la pantalla, que había empezado a formar sus primeras palabras. Sin dudas, un caso capaz de ponerle los pelos de punta a más de un pedagogo y, a la vez, de darle aire a los sueños más alocados que anidan en la utopía tecnológica.

Temores e interrogantes

Entre los temores más frecuentes que manifiestan los padres están: 1) el supuesto poder adictivo de la red que lleve a anular otras actividades como la lectura o los deportes (las encuestas coinciden en que la respuesta más frecuente a la pregunta "¿qué estarías haciendo si no estuvieras en Internet en este momento?" fue: "estaría mirando televisión"); 2) que la alta frecuentación de lenguajes visuales vertiginosos y de estímulos fuertes contribuya a desarrollar una cultura de la impaciencia que dificulte la concentración de más largo aliento; 3) la dificultad para controlar con quién se comunican los hijos cuando la tendencia muestra que empiezan a navegar cada vez más pequeños; 4) la proliferación de sitios pornográficos o violentos y el ingreso al correo electrónico de imágenes indeseables; 5) el desarrollo de un "slang digital" que desvirtuaría el uso correcto del idioma.

Seguramente, Internet requerirá de muchos adultos un aprendizaje para poder acompañar el recorrido virtual de los hijos y una atención especial para que no "vean cualquier cosa", pero, ¿no debería suceder lo mismo con la televisión? Si bien algunas de estas preocupaciones parecen hijas del temor que despierta aquello que se desconoce, en otras la cosa no está tan clara. El slang propio del chateo, por ejemplo, es visto por algunos observadores como una muestra del empobrecimiento del idioma y del triunfo de un tipo de comunicación tan espontánea como superficial, que irá minando las capacidades de conceptualización más complejas. Otros especialistas creen que se trata de un código adolescente que no resta, suma: los chicos manejan distintos códigos, se mueven con solvencia en ambos y saben distinguir cuándo es el momento de usar cada uno. En cuanto a la violencia y la pornografía, los padres tendrán que hablar con claridad de los riesgos que acechan en la calle virtual así como los alertan sobre los posibles riesgos de la calle real.

De todos modos, es curioso cómo, pese a los temores, los adultos no son tan decididos a la hora de tomar cartas en el asunto. Un estudio de la consultora Prince & Cooke revela que el 45 % de los padres no conoce el tiempo que pasa su hijo frente a la PC, el 30 % dice que no es una preocupación familiar el ingreso a Internet de los menores entre 7 y 14 años y, del resto, sólo un 45 % les ha dado consejos y avisos a sus hijos, pero no controlan (sólo un 23 % les permite conectarse cuando está la madre o el padre en casa). El 80 % de los menores consultados accede a Internet sin controles, mientras que sólo el resto necesita que un adulto le proporcione el password. Si bien el 66 % de los padres dice conocer la existencia de filtros para que sus hijos menores no accedan a sitios indeseados, el 90 % no ha instalado ninguno en su hogar.

Nos preocupamos más de lo que nos ocupamos, podría concluirse. De todos modos, es probable que el mundo de posibilidades que inauguró Internet siga planteando nuevos interrogantes y es probable también que hoy sea todavía demasiado temprano para dar respuestas concluyentes.

* Publicado en La Nación  el 29 de Agosto de  2004

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