Asistencia psicológica on line

Asistencia psicológica presencial y on line

 

 

 

 

 
 
 
 

Configuraciones
Vinculares

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN DOLOR QUE NO VALE LO QUE VALE LA PENA

Luis Chiozza

Recibido el 5 de julio de 2008

El traumatólogo, con el ceño fruncido, volvió a mirar, una vez más, la placa. El cuadro, al principio, parecía claro, pero el dolor en la mano no había cedido. El espacio entre la quinta, sexta y séptima vértebras se veía disminuido, de modo que era posible sospechar un pinzamiento del nervio mediano. Los recursos habituales, uno tras otro, ya se habían agotado. Analgésicos, antinflamatorios, miorrelajantes, sedantes, calor local, reposo, collar inmovilizador del cuello... Había un punto que lo desconcertaba, la anestesia local del plexo braquial había sido efectiva, no cabía duda, así lo demostraban las pruebas de sensibilidad en la mano, pero el alivio del dolor era incompleto. De todos modos la angustia y la desesperación del paciente, unidas a la conducta de la familia, pronosticaban todo género de dificultades. Fue entonces, mientras pensaba que las cosas se presentaban difíciles, cuando se le ocurrió la idea: era conveniente que lo viera un psicoterapeuta. Alfredo no podía dormir... el dolor, enloquecedor, no lo dejaba en paz. Le quemaba en la punta del pulgar, el índice, y el dedo medio de la mano derecha. Sólo se aliviaba algo cuando levantaba el brazo, colocando la mano abierta, con la palma hacia adelante, encima de la cabeza, en una posición que el traumatólogo había llamado "antiálgica". Al principio pensó que le calmaría con los medicamentos, pero, hasta ahora, nadie había acertado con su enfermedad. ¡Era lo único que le faltaba! Hay épocas en que el destino se ensaña con uno... La mala racha ya lo había perseguido una vez, cuando, poco antes de abandonar la facultad de ingeniería, la cara se le había llenado de granos. Se sentía mal en todas partes, y no había fiesta en la cual no sintiera que le sobraban las manos... Fue entonces cuando Erika se presentó en su vida... Nunca pensó que ella se casaría con él. Una diosa rubia inalcanzable, que, por obra de maravilla, descendió a la tierra para compartir su cama, dejándole tocar el cielo con las manos... Pronto nació Ignacio, y, dos años después, Denisse. Erika organizaba todo y estaba satisfecha con el departamento que habían alquilado... En aquella época él tenía un buen trabajo, vendía bien y cobraba buenas comisiones. Pudieron cambiar los muebles y comprar el auto ... ¿Qué sucedió después? ... ¿Por qué las cosas se fueron complicando? ... Muy pronto el dinero comenzó a faltar. ¿Era que ganaba menos ... o que gastaban más? ... Mientras tanto los hermanos de Erika se habían hecho ricos. Cuando entró, por fin, a trabajar con ellos, lo hizo lleno de ilusiones. Le habían dado una oportunidad de progresar... Erika había insistido mucho en eso. Dios sabe que, cuando lo ubicaron al frente de una sucursal, había puesto su mejor voluntad, pero los años iban pasando, y debía limitarse a contar todos los días, en la caja, los billetes ajenos... Erika se negaba a entender que nadie puede enriquecerse con un sueldo que ni siquiera alcanza para vivir mejor... Jamás recibía de ella un gesto de cariño. Siempre estaba cansada, malhumorada, ya ni siquiera se cuidaba de evitar sus comentarios despectivos en la mesa, delante de Ignacio o de Denisse. ¡Le habían dado una oportunidad de progresar! Al principio se lo había creído... pronto comprendió que jamás dejaría de ser un empleado. Nunca había pedido nada a nadie... su único orgullo era haber sido siempre honesto. Honrado y derecho, como decía su madre. Pero sólo los que se "avivan" tienen suerte, como lo prueba el caso de Gonzalo, que, en los últimos meses, 60 se hizo un sobresueldo "metiendo la mano en la lata". De qué vale ser honrado, si hace quince días, cuando lo descubrieron, como es el suegro de la hermana de Erika, no sólo no lo echaron, sino que le taparon todo. ¡Es una mala racha! Ahora hasta Denisse protesta porque no tienen un auto para ir al country del tío. Pero el último médico, que se hace el psicólogo, está muy equivocado! Yo piensa Alfredo no saldré de pobre, pero, aunque me quemen los billetes en los dedos, nunca, jamás, voy a meter la mano.

La causa y el porqué

Frente a los trastornos que presentaba Alfredo, disponemos de una explicación lógica de los síntomas como efectos que derivan de una causa. Suponemos que una compresión mecánica (acerca de cuyo origen no nos interrogamos ahora) produce la excitación de un nervio. Esta excitación se experimenta como dolor porque se realiza sobre las fibras nerviosas que transmiten específicamente esa sensación. El conjunto de los síntomas corresponde además al territorio inervado por el mediano, que presumimos, por lo tanto, comprometido. La existencia de esta compresión puede también explicar la disminución del dolor en la posición "antiálgica" anteriormente mencionada. Pero el enfermo, además de "poseer" un cuerpo que funciona como un delicado mecanismo de relojería, es un hombre que vive una existencia cargada de emociones que son personales, propias de su manera de ser particular. Por esta razón el colega consultado por el traumatólogo partió de un enfoque diferente. Su pensamiento permaneció voluntariamente alejado de la preocupación por establecer un juicio acerca de la mayor o menor eficacia de la causa mecánica para producir o explicar el conjunto de la sintomatología y de la evolución del tratamiento. Es importante insistir en este punto. Si nuestro pensamiento se orienta hacia la determinación de las causas, sean éstas últimas físicas o psíquicas, ( y más allá de cuál sea nuestro éxito en la tarea de encontrarlas), nos apartaremos de la posibilidad de comprender los motivos, es decir el sentido de una enfermedad en función de la trayectoria de una vida.

 

Cómo Alfredo produjo una neuralgia

 

Luego de una entrevista prolongada con Alfredo, el psicoanalista consultado nos ofrece una interpretación de los hechos que, lejos de ser incompatible con la explicación causal, puede ser contemplada como la otra cara de una misma moneda. Alfredo es un hombre de 45 años, de nacionalidad alemana, que se siente despreciado y exigido por una esposa que le reprocha su escasa capacidad para ganar dinero. Todos los días en la mesa, y todas las noches en la cama, experimenta el sentimiento de que su mujer no lo desea ni lo respeta como esposo y jefe de familia. Dentro de la firma comercial en la cual trabaja esperaba un futuro mejor, y se siente cada vez más defraudado. Por sus manos de cajero desfilan los billetes ajenos que desearía poseer. Logra a duras penas que el resentimiento y la envidia que experimenta por sus empleadores, familiares de su mujer, no se transparente en su conducta y aparezca en su conciencia. Pocos días antes de que se desencadenara su dolor, se descubrió que el suegro de una hermana de Erika, que también trabaja en la firma, sustrajo una importante suma de dinero. Esta sustracción, contra las expectativas de Alfredo, y a pesar de que el dinero no pudo recuperarse, fue perdonada. Entonces, por primera vez, se asomó a la conciencia de Alfredo el deseo de robar, deseo angustiante y, por lo tanto, reprimido. La mano culpable es la que hoy duele. El dinero "le quema" en la punta de los tres dedos con los cuales cuenta, cotidianamente, los billetes de banco. La posición en la cual el dolor disminuye corresponde a un gesto inconciente con el cual simboliza su inocencia. Cada vez que lo realiza se abstiene, mágicamente, de "meter" la mano en la caja tentadora.

 

Epílogo

 

El esclarecimiento de esta situación surgió de la capacidad del médico psicoanalista para comprender el simbolismo de los síntomas, su vinculación con los episodios biográficos, las expresiones espontáneas e involuntarias y los sentimientos movilizados en la relación entre médico y paciente. Durante la conversación con el enfermo estos contenidos inconcientes se fueron haciendo más claros. Quedó convenida una entrevista posterior a los fines de resolver y elaborar esta situación de un modo más completo. El paciente no concurrió a la entrevista. Hizo saber, de manera indirecta, que el último médico estaba completamente equivocado en el enfoque de la enfermedad, y que otro colega, en el intervalo entre ambas consultas, lo había curado de sus dolores mediante la administración oral de un medicamento. El nuevo analgésico, de más está decirlo, era similar a uno de los tantos que le habían sido suministrados antes sin ningún resultado. Es comprensible que, tanto para el médico como para el enfermo, habría sido preferible que una explicación mecánica de la enfermedad les hubiera eximido de una incursión desagradable en la intimidad de un "por qué" que siempre, de alguna manera, es experimentado como una violencia impúdica. Una incursión que les obliga a revivir, en la relación médicopaciente, las mismas emociones penosas que una vez fueron rechazadas, pagando, como precio de esa represión, la enfermedad. El rechazo del enfermo ante sus deseos inconfesados de robar le hace retroceder, con la misma fuerza de la honestidad conciente que regula su conducta, ante una interpretación que, por el tiempo breve y las condiciones en que debió ser realizada, no ha podido tener la sutileza y la amplitud necesarias para ser bien elaborada, esclareciendo además al paciente los sentimientos movilizados hacia la persona del médico. Sin embargo, el objetivo terapéutico, y eso es lo importante, quedó acabadamente cumplido en cuanto al motivo actual de la consulta.

 

¿Enfermedad física o psíquica?

 

Freud nos aconsejaba distinguir entre las parálisis motrices orgánicas y las histéricas según que el territorio comprometido estuviera encuadrado por los límites de una zona de inervación o, por el contrario, correspondiera a la imagen mental de una parte del esquema corporal. Lo sucedido con Alfredo nos permite comprobar que este criterio no puede utilizarse para sostener que los trastornos "orgánicos" carecen de un lenguaje similar al de la histeria. Digámoslo de una manera rotunda: del mismo modo que el hallazgo de un por qué psicológicamente comprensible no nos exime de la investigación de las causas eficientes, a través de las cuales el trastorno se realiza como una transformación de la configuración de los órganos o sus funciones, el hallazgo de una causa no nos exime de la tarea de investigar un por qué en el terreno de los significados inconcientes. La enfermedad, en sí misma, no es física ni psíquica. Conceptualizamos como físico lo que logramos percibir con los sentidos, y como psíquico lo que posee como cualidad la significación. Cuando se trata, por ejemplo, de una herida postoperatoria que sangra peligrosamente, podemos interpretar que una alteración en la composición de la sangre (comprobable o supuesta), o la ligadura defectuosa de un vaso, durante el acto quirúrgico, son las causas eficientes que, como condiciones necesarias, mantienen la hemorragia. Suele ocurrir en estos casos que esa hemorragia puede detenerse mediante la inyección de un fármaco o la reintervención quirúrgica.

¿Debemos suponer entonces que las causas anteriormente mencionadas son suficientes para explicar la pérdida sanguínea? ¿Acaso todas las malas ligaduras sangran? ¿Puede el grado del error quirúrgico comprobarse exactamente en su incidencia sobre la hemorragia? ¿Dos enfermos con idénticas cifras en su cuadro hemático nos enfrentan por ventura con los mismos fenómenos clínicos? Hay enfermos en los cuales prescindir del enfoque que nos lleva a descubrir condiciones necesarias en el terreno de la constelación anímica, nos deja limitados a insistir en terapéuticas dudosas, o nos obliga a utilizar tratamientos que implican un grave riesgo. En el caso de un paciente con una grave hemorragia postoperatoria, por el cual fuimos consultados, nos encontramos con un enfermo impregnado por el deseo inconciente de lograr una muerte "honorable" que le permitiera evitar la humillación de un quebranto económico, ya que en sus fantasías inconcientes este quebranto le haría perder el amor y el respeto de su mujer y de sus hijos. Satisfacía además, de este modo, inconcientes deseos de venganza, motivados en un resentimiento profundo que también era inconciente. Tanto en la búsqueda de causas como en la de significados podemos descubrir condiciones necesarias para que la enfermedad adquiera la forma, la localización y la evolución que la caracteriza. Ambas investigaciones pueden ayudarnos en la fundamentación de una terapéutica dirigida a modificar, por lo menos, el modo actual en que la dolencia se manifiesta. En algunos casos, como en la situación creada por enfermedades agudas con complicaciones graves, la búsqueda de un efecto semejante es imprescindible.

Dr. Luis Chiozza y colaboradores

info@enigmapsi.com

EnigmaPsi (c) 2002-2014
Psicología – Psicoanálisis – Consultoría

Editor Responsable: Lic Sonia Cesio
Directora: Lic Sonia Cesio
Dirección: Avenida Santa Fe 4990- Buenos Aires, República Argentina.
TE (0054)11 4773-9597 /(0054) 11 - 15 62987672
E-mail: info@enigmapsi.com
Los artículos publicados en el sitio no pueden ser reproducidos sin el permiso del Editor Responsable.

ISSN 1853-1849