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ENCUADRE Y ADOLESCENCIA

  Recibido el 10 de agosto de 2007

Al referirse al encuadre del proceso analítico, Laplanche advierte acerca de dos posibles problemas: por una parte el de una sacralización, que implica una rigidización del encuadre y por otra el de una manipulación que se desliza al terreno de las variables. Este autor hace una apreciación interesante en relación a las variables (espacio, tiempo y honorarios) que intervienen en el encuadre. Les reconoce un valor de cambio y un valor de uso. El primero se refiere a los aspectos contractuales del encuadre (frecuencia de honorarios, número de sesiones). Estas variables se transforman en valor de uso cuando, por el investimento libidinal que les da el paciente, se constituyen en elementos interpretables. Estos elementos juegan un rol de bisagra, están en la intersección de lo adaptativo y lo pulsional. Sólo respetando el valor de cambio (lo estable) podrá desplegarse el de uso y así ser interpretado.

 

Adolescentes - En el sentido que venimos desarrollando surgen las siguientes ideas:

 

  1. El encuadre, en el psicoanálisis de adolescentes, tiene una especificidad determinada: las variables, en su valor de cambio, dependen, como en el tratamiento con niños algunas de los padres, (tal es el caso de los honorarios y algunos aspectos del manejo del tiempo). Otras variables, (el cumplimiento de los horarios, amalgamando espacio y tiempo, y algunos aspectos del pago), dependen, como en los adultos neuróticos, del propio paciente. Esto condiciona, por un lado, una particular forma de establecimiento del contrato analítico y, por otro, la modificación del valor de uso de ciertos aspectos de las variables analizadas.

 

2. Por la naturaleza misma del proceso adolescente todas estas variables tienen un plus de significación que muchas veces ubica al analista en un lugar paradojal, exigiéndole cuidado y flexibilidad. Se plantean, entonces, ciertas situaciones en las que el analista debe postergar transitoriamente la interpretación del significado profundo de estas variables.

 

3.Por último, el valor de cambio tiene un aspecto convencional que debe ser explicitado en el contrato con el adolescente, en función de sus características cuestionadoras. Si bien se pauta un acuerdo que implica una acomodación mutua entre analista y paciente, las variables marcan la asimetría del vínculo, colocando al analista en el lugar del poder. Pensamos que esta explicitación evita que lo convencional sea vivido como arbitrario pudiendo sentarse, así, las bases de una alianza terapéutica positiva.

 

En relación al contrato analítico

 

El establecimiento del contrato analítico coloca al terapeuta de adolescentes en un delicado lugar, hasta por la misma terminología. La palabra "contrato", con resonancias legales, potencia el rechazo hacia lo formal y las normas; "pacto analítico", sugerido por Freud, induce a ser pensado en una dimensión de componenda y alianza. El adolescente exige el reconocimiento de un status como persona autónoma y la seguridad de un espacio privado en relación a los progenitores, pero al mismo tiempo, necesita saber que sus padres no se desentienden de él ni hacen la depositación de sus problemas en el tratamiento. Brusca alteración entre una independencia desafiante y una dependencia regresiva. Cambio y permanencia cifran su vida, dos ejes que el analista no puede dejar de considerar.

 

Cualesquiera sean las circunstancias en que se inicia el tratamiento de un adolescente, la inclusión de los padres -o de quienes cumplen sus funciones - es insoslayable. Se necesita de su autorización y de su sostén económico. Esto condiciona la formulación de un doble contrato: con los padres y con el paciente, que pensamos, debe hacerse lo más cercano posible en el tiempo. No es raro que ambos contratos, en una confrontación que excluya al terapeuta, puedan entrar en colisión. De allí la necesidad de estipulaciones claras, precisas. No debe descartarse, según los casos, la formulación conjunta que evitará los tan comunes malos entendidos.

 

Los honorarios

 

En uno de sus trabajos técnicos, Freud hace la referencia explícita a la fijación de los honorarios. Desde una perspectiva completamente inédita en el campo de la ética médica - muy criticada, por supuesto - estimó que esto era necesario para comprender el significado simbólico del manejo del dinero por parte del paciente. Descubrió e instrumentalizó lo que con Laplanche hemos llamado el "valor de uso". También Fenichel y Ferenczi profundizaron en ese lugar del dinero, como objeto de desplazamiento de pulsiones eróticas con puntos de fijación anal. Es indudable que esta investidura se refuerza por el estímulo real del condicionamiento social. La fijación de honorarios queda inscripta dentro de un complejo sistema de realidad que lo incluye, le dicta sus leyes y determina valores según las reglas de la economía vigente y el juego caprichoso de la oferta y la demanda. En una sociedad cuya axiología jerarquiza consumo y poder, el dinero recibe un significado agregado en el que la situación analítica también queda inmersa. Más aún: el dinero deja de ser un medio para... y se ha convertido en un fin en sí mismo, llegando a tener casi las características de una ecuación simbólica. Todo esto cobra mayor relevancia en una sociedad como la nuestra, en la que la crisis permanente y la corrupción generalizada provocan una disfunción en la circulación del dinero.

 

En el tratamiento de adolescentes, la variable "honorarios", al depender casi siempre de los padres, presenta más transparencia para ser interpretada en su valor de uso. Esto es válido en tanto los padres cumplan con el contrato analítico. No olvidemos que por ser un servicio que se presta a cambio de dinero, el tratamiento psicoanalítico plantea una situación que provoca rechazo en la sensibilidad adolescente. Comporta una dimensión difícil de aceptar. Esto le hace decir a Mannoni que para el joven paciente "el analista es a menudo un traidor que parece servir por dinero a los intereses de los padres".

 

Por otra parte, resulta casi inevitable que, por efecto del trabajo analítico, surjan sentimientos de culpa El adolescente percibe que el tratamiento pagado por los padres paradojalmente lo lleva a una situación de mayor autonomía, trayendo como consecuencia vivencias de desprendimiento y separación. Una salida posible para aliviar esta culpa suele ser un pedido del paciente de disminuir el número de sesiones para lentificar el proceso, para aliviar el costo y apaciguar, así, a los padres internos. Aunque al mismo tiempo puedan vehiculizarse viejos enfrentamientos y una especie de sádica venganza. Es que por los bordes asoman aspectos del conflicto de cruzadas ambivalencias con los padres.

 

Puede considerarse un logro de maduración y del proceso analítico cuando el adolescente, alcanzando un cierto grado de autonomía, trata de pagarse él mismo su tratamiento. El planteo entonces es el pedido de la adecuación de los honorarios a su nivel de ingresos personal y/o la disminución del número de sesiones semanales. Esta es otra de las situaciones paradojales en el manejo técnico que se le presentan al psicoanalista y que requerirá de gran tacto y flexibilidad. Analizando sus sentimientos contratransferenciales y gracias a un planteo ético, el analista le encontrará una salida a esta situación.

 

Los horarios: el tiempo y el espacio

 

Producto de un mutuo acuerdo, es la variable que se fija con el adolescente. Lo esperable es entonces que, aclarados todos los puntos en su valor de cambio, pueda quedar en pie el juego del inconsciente y, así, las transgresiones y/o manejos, ser interpretados. Pero por las características que tienen las nociones espacio-temporales en el adolescente, muchas de las que podrían ser consideradas transgresiones en realidad no lo son. Allí está él, llegando antes a sesión y oprimiendo insistentemente el timbre con brusquedad e impaciencia. O presentándose a la hora adecuada en un día que no le corresponde. Avanzando torpemente y llevándonos prácticamente por delante cuando lo hacemos pasar o levantándose inesperadamente del diván o de la silla para desplazarse por el consultorio. A veces exigiéndonos un cambio de horario, no siempre justificado desde el mundo de los adultos, pero sí desde la premura de un tiempo que no admite postergaciones. Es que tiempo y espacio han salido recién del estado nocional, ligado a lo empírico inmediato y han arribado apenas a la categoría de conceptos. En la urgencia que imponen los procesos puberales todo lo que no signifique "aquí y ahora" comporta angustia. Como cuando era un niño, no puede esperar. Por todo esto, pensamos que esas situaciones no son necesariamente la manifestación de actuaciones psicopáticas. Requieren del terapeuta una fina discriminación, que sin obviar el valor de uso, le impida inclinarse a hacer interpretaciones clissés que pueden ser vividas por el joven paciente como un ataque al vínculo.

 

Dos condiciones inherentes al tratamiento - el ritmo temporal de las sesiones en su secuencia y duración y la delimitación espacial - ayudan al adolescente a reafirmar el sentido cronológico del tiempo y el logro de una integración témporo-espacial. Gran parte del análisis del adolescente transcurre, precisamente, por temáticas que provienen de su relación con el tiempo y con su cuerpo incluido en el espacio. Problemas de los cambios, de los duelos, del acceder a la construcción de la propia historia, de la finitud, de la muerte.

 

Muchas veces se presentan situaciones que no dependen del paciente (cambios de trabajo y de horarios en el mismo y horarios de clases) y otras, ligadas a logros del tratamiento (acceso a actividades grupales de distinta índole). Estas situaciones ponen en jaque el valor de cambio de la variable temporal, colocando aquí también al analista en situaciones paradojales.

 

El analista frente al encuadre

 

El mantenimiento del encuadre refleja, al mismo tiempo, la forma de instrumentación de los lineamientos teórico-técnicos del psicoanálisis por parte del analista, y ciertas modalidades de su personalidad, que obviamente han de ser objeto de análisis en su tratamiento personal

 

Laplanche categoriza el manejo inadecuado de las variables en dos sentidos:

 

el de la sacralización, que al colocar dichas variables en el lugar de la Ley, no admite acomodaciones.

 

el de la manipulación, que con un manejo arbitrario anula la posibilidad de interpretación de las variables.

En psicoanálisis de adolescentes la modalidad técnica del analista resulta doblemente importante. No olvidemos que el joven, en la búsqueda de ideales y de modelos identificatorios, ubica a su analista en un lugar particularmente significativo. Ya en el establecimiento del contrato habíamos subrayado la importancia de cuidar que lo convencional no se deslice hacia lo arbitrario. Que no sienta que se le dice, como a un niño, "las cosas son así porque sí".

 

Hemos ampliado la propuesta de Laplanche: nos pareció útil hacer una diferenciación entre sacralización versus contención y manipulación versus flexibilidad. Esa propuesta recupera el verdadero sentido del encuadre, tanto para el paciente como para el analista.

 

Un aspecto de difícil manejo es el relativo a las preguntas del adolescente en las sesiones. Acordamos que el lugar del analista debe ser cuidado de los avances intrusivos de un paciente, que a veces, como forma de ataque a la asimetría o como ataque envidioso a las posesiones y bienes de los que lo imagina dueño, busca saber de su vida privada. Esto no siempre es así en el caso de los pacientes adultos y, menos aún, en el de los adolescentes. Sus preguntas pueden formar parte de su impulso epistemofílico, de una curiosidad asociada a Eros, que no debemos desanimar con silencios ni con interpretaciones formales. Desde este difícil lugar los analistas de adolescentes nos sentimos muchas veces apremiados por nuestros propios cuestionamientos. ¿Qué tipo de intervención nos cabe para favorecer el vínculo, sin caer ni en la complicidad encubridora ni en una identificación con los valores del "establishment"? La preservación de la función analítica es posiblemente la clave fundamental. Ésta pondrá al adolescente a cubierto de una confusión tanto con un objeto interno portador de demandas y exigencias como con un objeto externo, representante de un padre tiránico y punitivo. En la búsqueda de límites a un mundo interno en turbulencia, muchas veces el adolescente necesita poner a prueba, ratificar la existencia de límites contenedores. A veces el adolescente ubica al terapeuta en un delicado borde, llevándolo entonces a intervenciones no interpretativas, actos analíticos que garanticen la continuidad del proceso.

 

Otro recurso técnico son las "construcciones explicativas" que Pierre Male describe como conversaciones sobre objetos aparentemente neutros ( motos, vestimentas, aparatos electrónicos), que permiten integrar de manera amplia las vivencias del proceso terapéutico a través de sus representaciones pulsionales.

Resulta importante señalar que ante cualquier pedido de modificación del encuadre, el analista debe poder incluir sus propios límites y asumir su propia incompletud.

 

Indicadores de fin de análisis

 

"Toda síntesis resulta autoritaria" es una expresión de Proudhom que Freud hizo suya. Al referirse al final del tratamiento de uno de sus primeros pacientes, en su carta a Fliess del 16 de abril de 1900, le confiaba: "Por momentos siento agitarse en mí impulsos hacia la síntesis, pero trato de dominarlos". Es que toda síntesis opera "en nombre de una totalidad ideal y por intolerancia a lo fragmentario", negando la coexistencia de los contrarios.

 

Queremos introducir así este apartado porque no se nos escapa que organizar una lista de indicadores de fin de análisis puede estar imbuida de una especie de "idealización de la cura". Hay un concepto que Freud menciona precisamente en esa carta y que nos permite corrernos de esta idealización: es el de "terminación asintótica" [se dice de la curva que se acerca de continuo a una recta o a otra curva sin llegar nunca a encontrarse. Asíntota, etimológicamente quiere decir sin coincidencia]. Con este concepto Freud sale al paso de la ilusión quimérica en un estado completo de salud y de la fantasía de un autoconocimiento acabado y finito.

 

En el sentido que desarrollaremos, los indicadores de fin de análisis tienen este carácter de asintóticos en una triple dimensión:

 

En el de la cura, tal como fue concebido por Freud.

Uno más específico ya que, por tratarse de la adolescencia, lo asintótico está consustanciado con la naturaleza misma de esta etapa de la vida.

Finalmente, calificando una forma de acercarnos a nuestra temática. En efecto, sólo nos acercamos a maneras de pensar el fin de tratamiento en los adolescentes.

En general, los indicadores de fin de análisis corresponden a situaciones que suponen un intento de elaboración de los avatares del acontecer adolescente. Recordemos que adolescer también significa crecer, desarrollarse. por otra parte, acordamos con Gutton cuando afirma que "el trabajo de adolescencia es comparable al trabajo psíquico durante la cura".

 

Elegimos como eje central por donde hacer deslizar los indicadores de fin de análisis en la adolescencia, la posibilidad de realizar elecciones exogámicas, elaboración edípica mediante.

 

La conceptualización que haremos de los indicadores está pensada en correlación con la característica que privilegiamos en la descripción del proceso adolescente.

 

Son indicadores de cambio, la posibilidad de contener y metabolizar ansiedades hipocondríacas y de descorporalización y de ser traducidas en palabras, haciendo propia la capacidad de "reverie" materna que pudo decodificar sus sensaciones primeras y extremas.

 

Cuidado físico del cuerpo.

 

Capacidad de libidinización desde un narcisismo trófico que se expresa a través de cuidados, hábitos de limpieza, adornos. En dicho cuidado del cuerpo estaría incluida la posibilidad de procreación. Si bien hemos diferenciado "sexualidad" como item específico, nos interesa subrayar este aspecto como surgimiento del sentido de responsabilidad respecto al propio cuerpo. En el ser humano el enlace entre placer y procreación, que se ha independizado, sin embargo es problemático. La posibilidad de procrear forma parte de los avatares de la sexualidad y del cuerpo.

No podemos dejar de hacer referencia al ideal de adolescente que propone nuestra cultura haciendo hincapié en lo físico-corporal y lo sexual como fines en sí mismos. Esto lo asegura como firme candidato para el consumo. Si bien en un primer momento la adhesión a ciertos objetos (marcas de vaqueros, zapatillas, bebidas, desodorantes) implica no sólo consumo sino la vivencia de pertenecer, paulatinamente transitará hacia una autonomía relativa respecto a los ideales propuestos por la cultura de masas y la sociedad de consumo.

 

La angustia generada por el incremento pulsional y la integración de las zonas erógenas puede dar lugar a procesos defensivos oscilantes, bloqueando o perturbando la posibilidad de satisfacción directa y los procesos sublimatorios concomitantes. Debemos entonces ser muy cautos en relación a los logros posibles en este área. Incluso nos preguntamos si el adolescente debería arribar a una organización sexual definitiva.

 

Pensamos entonces en 

 

Acceder a una imagen de sí mismo como ser sexuado.

Poder reconocer y aceptar sus deseos sexuales.

Ser capaz de gozar con un cuerpo nuevo, recuperando el placer de órgano. Dar y recibir placer con un otro, conformándose un incipiente sentido de la intimidad y de la privacidad con notas diferenciales del aislamiento.

Todas estas posibilidades y logros se ven ensombrecidos por la amenaza de muerte que implica la aparición del SIDA. Consideramos que esta temática es ineludible en el psicoanálisis del adolescente.

 

Indicadores en el plano de las elecciones

 

A partir de la sexualidad, nos desplazamos casi insensiblemente al plano más amplio de las elecciones. "Elección" es un concepto que utilizamos como una capacidad disponible, una función para... Opera como un eje que atraviesa un número importante de indicadores de fin de análisis. El telón de fondo en el que se despliega esta temática es la relación y cotejo permanente entre realidad - posibilidades yoicas - yo ideal - ideal del yo.

 

Metas y elecciones se irán desarrollando en un proceso de construcción - deconstrucción permanente. Es un devenir que permite mantener permeable la capacidad para relativizar la tendencia a hacer idealizaciones extremas, propias de esta etapa (re - súper - máximo - ídolo - genia - diosa - etc.) donde el yo empequeñecido puede quedar extremadamente expuesto al entrampamiento seductor de la grandiosidad del ideal narcisista.

 

Entendemos por elecciones exogámicas las guiadas, en lo posible, por los propios ideales y el reconocimiento de deseos genuinos abarcando todas las áreas: la social, la vocacional, la laboral, la amorosa, etc. : Poder elegir amistades y grupos afines con quienes compartir las propias preferencias, inquietudes, valores, ideales, etc.; poder experienciar las nuevas habilidades adquiridas instrumentalizándolas en el terreno de la praxis (ocupaciones y trabajos que comienzan siendo ocasionales). Esto le posibilita al adolescente decantar potencialidades vocacionales en interjuego con las opciones que la sociedad ofrece. Intento de síntesis entre los modelos identificatorios que le ha ofrecido la familia y el contexto social , con lo que es vivido como lo más auténtico de la persona.

 

Por supuesto, no podemos ignorar que en la sociedad actual, donde los lugares son cubiertos en función de una especialización muy sofisticada y de un sistema inhumanamente competitivo, el ingreso del joven al mundo del trabajo se posterga, generando angustia de no asignación. Nos encontramos o con una amplia moratoria que atrasa el momento de las decisiones o con la premura de una elección -en realidad pseudo-elección- que, al sustituir ideales por necesidades, distorsiona el sentido de la adolescencia.

 

Todos estos procesos también se reflejan en el vínculo transferencial con el analista, en el que paulatinamente el mismo deja de ocupar un lugar omnipotente y omnisciente para transformarse en un adulto significativo que podrá aportarle al adolescente otros modelos y opciones.

 

Nos preguntamos: ¿estas elecciones marcan el final de la adolescencia o el fin de análisis? El fin de análisis no necesariamente implica el fin de la adolescencia.

 

Terminamos recordando aquí nuestra concepción de fin de análisis: un proceso cuyo primer movimiento será iniciado por el paciente. 

 

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